Hebreos 11:11-12 ― La fe de Sara

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)

Hebreos 11:11-12 ― 11 También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel al que lo había prometido. 12 Por lo cual también nació de uno (y este casi muerto con respecto a esto) una descendencia como las estrellas del cielo en número, e innumerable como la arena que está a la orilla del mar.

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COMENTARIOS:

Habiendo destacado la gran fe de Abel, Enoc, Noé, y Abraham (vv. 4-10), se da un ejemplo de fe algo sorprendente en Sara en 11:11-12—la esposa de Abraham que era estéril. R.T. France dice: "La inclusión de la 'fe' de Sara fue una especie de nota al pie de página con respecto al foco principal de este pasaje, es decir, la fe de Abraham. Si Sara era vieja, Abraham lo era aún más (Gén. 17:17), aunque el 'casi muerto' (cf. Rom. 4:19) exagera un poco el punto en vista de sus hazañas posteriores y su eventual muerte setenta y cinco años después (Gén. 25:7)! A diferencia de Sara, Abraham creyó en la promesa de Dios desde el principio (Gén. 15:6), y había de cumplirse abundantemente, como nuestro autor le recuerda a sus lectores...".

La razón por la que la fe de Sara resulta sorprendente en Hebreos 11 es que la narrativa de la que se basa el autor es Génesis 18:10-15, donde Sara es escéptica e incrédula. El autor afirma que Sara "consideró fiel [a Dios] que lo había prometido" en Hebreos 11:11, pero en Génesis 18:12 ella se rio en voz alta ante la promesa de Dios de que tendría un hijo a los 90 años y Abraham a los 100 años (cf. Gén. 17:17; 21:5). Además, la narrativa de Génesis 18 claramente no presenta a Sara como una risa de placer sino con cinismo, como cualquier mujer de 90 años se reiría si le dijeran que va a tener un hijo. La fe de Abraham en la narrativa brilla intensamente, pues creyó en Dios, incluso reprendiendo a Sara por su incredulidad temporal en el asunto (Gén. 18:13-15).

Sin embargo, a medida que se desarrolla la narrativa de Génesis, cuando Sara realmente queda embarazada y da a luz a un hijo (Isaac), su risa escéptica se convierte en risa de gran alegría, porque Isaac (en heb.: Yitschaq) significa "se ríe". Sin embargo, la narrativa del Génesis no da indicios de que el cambio de corazón de Sara fuera resultado de la fe, sino solo de la evidencia innegable de estar embarazada. Por lo tanto, parece que el autor de Hebreos ha juzgado misericordiosamente a Sara basado en todo su calvario, y no solo por ese incidente registrado en Génesis 18:10-15. En su mente, la mujer que una vez se rio de la promesa de Dios llegó no solo a confiar en Dios personalmente, sino a proclamarlo en voz alta. Después de tomar a Dios a la ligera al principio, ella aprendió a tomárselo en serio. Quizá por eso el autor dice, "Sara misma", revelando su propia admiración por cómo Sara pasó de ser escéptica a creyente. Así, Sara se une a las filas de las mujeres fieles de la Biblia, junto con la madre de Moisés (v. 23) y Rahab (v. 31), que representan a mujeres de gran fe en el Antiguo Testamento. Pedro también destaca a Sara en 1 Pedro 3:5-6 como la representante de la esposa piadosa, una que las esposas cristianas deben emular.

El "por lo cual" que comienza el v. 12 saca una conclusión sobre la fe de Sara. Esa conclusión es que, a través de la fe de ella y de la fe "de uno", Abraham, que era él mismo un anciano "casi muerto", Dios hizo lo que era imposible para ellos: el nacimiento de un hijo de una mujer estéril de 90 años y de un hombre de 100 años muy pasado de su mejor momento. Por ende, la promesa original de Dios a Abraham de hacer grande su nombre y hacer que su descendencia sea "como las estrellas del cielo en número, e innumerable como la arena que está a la orilla del mar" (Gén. 15:5; 22:17; 32:12), se cumplió a través de su fe—tanto la de Sara como la de Abraham.

Algo para reflexionar

Felizmente, una vez expresada nuestra fe en Cristo, Dios no nos toma en cuenta nuestro escepticismo anterior. Como Sara, somos considerados fieles a pesar de que antes no creíamos. Por tanto, nuestras vidas no son juzgadas por Dios en nuestro peor momento, sino por nuestra creencia—nuestra fe. El objeto de nuestra fe es, por supuesto, Jesucristo. El creer en Él es nuestra salvación, la gracia de Dios hacia nosotros.