Hebreos 11:13-16 ― Las promesas de Dios por la fe
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Hebreos 11:13-16 ― 13 Todos
estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y
aceptado con gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre
la tierra. 14 Porque los que dicen tales cosas,
claramente dan a entender que buscan una patria propia. 15 Y
si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde
salieron, habrían tenido oportunidad de volver. 16 Pero en
realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual,
Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado
una ciudad.
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COMENTARIOS:
Haciendo una breve pausa para mirar atrás a la lista de grandes hombres
y mujeres que él ha destacado por su fe, el autor señala lo que es evidente en
"todos estos [que] murieron en fe": todos ellos salieron de esta
tierra sin recibir las promesas de Dios en este lado de la gloria. Ahora bien,
dado que a Abel, Enoc, y Noé no se les prometió lo que a Abraham, Sara, Isaac,
y Jacob se les prometió, los comentarios del autor en los vv. 13-16 son
específicos para estos últimos, no para Abel, Enoc, y Noé. El "morir en fe"
de Abraham y otros se equipara con que aún no hayan recibido las promesas de
Dios, pues el autor entiende que la fe es, en esencia, una visión hacia el
futuro, no posesiones presentes.
El v. 13 presenta una tensión entre lo que se ve y lo que no se ve. Los
patriarcas veían las promesas de Dios con el ojo de la fe y por ende las "aceptaron
con gusto desde lejos". Sin embargo, nunca experimentaron su cumplimiento.
Aunque ellos "veían" (es decir, creían) que Dios cumpliría Sus
promesas a los descendientes de ellos, no creían que realmente verían cumplidas
Sus promesas en sus vidas. No obstante, Abraham, Isaac, y Jacob se
establecieron en Canaán y lo convirtieron en su país de origen. A pesar de
ello, la transitoriedad y la incertidumbre siempre estuvieron presentes entre
ellos. ¿Cómo? Reconocieron claramente que "eran extranjeros y peregrinos
sobre la tierra"—un tema persistente incluso en el Nuevo Testamento para cristianos
(cf. Flp.
3:20; 1 Pe. 1:1, 17; 2:11-12). France dice: "Aquí, 'sobre la tierra'
podría traducirse como 'en la tierra' (de Canaán) como en el v. 9, que por
supuesto era la situación literal de los patriarcas, pero la forma en que el
autor proseguirá exponiendo la idea deja claro que para él esto es un modelo de
la situación de todo el pueblo de Dios como 'ciudadanos del cielo' en su camino
a casa y, por tanto, siempre 'extranjeros' en la tierra".
"Porque los que dicen tales cosas" (v. 14) se refiere, en
primer lugar, a los patriarcas, pero ellos representan a todos los que creen de
la misma manera, es decir, que mientras estamos en la tierra somos "extranjeros
y peregrinos", extranjeros caminando en fe por nuestro camino. Abraham,
por ejemplo, dejó atrás su vida pasada en Ur (Mesopotamia). Si se hubiera
sentido decepcionado por no recibir las promesas de Dios en Canaán, podría
haber regresado a Ur—su "patria" (en gr.: patris). La opción de
regresar allí seguía abierta tanto para él como para su descendencia, pero no
les interesaba (v. 15). Claramente él estaba pensando en una mejor patris—una
ciudad construida por Dios con cimientos (v.
10; cf. Ap. 21:1-2, 14).
Como atestigua el v. 16, Abraham y su fiel descendencia no buscaban
riquezas ni poder en la tierra; seguían la guía de Dios esperando una "patria
mejor... celestial". Es cierto que Canaán era el lugar terrenal de la guía
de Dios, y es cierto que este lugar en el mapa terrenal es la Tierra Prometida
de Dios, una tierra donde abundan leche y miel (Éx.
3:8; Núm. 14:8). Abraham y otros buscaban la posesión eventual de Canaán
junto con un nuevo estatus dentro de ella—todo lo cual les había sido, y es,
prometido por Dios. En última instancia, esta promesa se cumple en Canaán, pero
bajo la dispensación del reinado de Jesucristo sobre la propia tierra—la Sion
celestial (cf. 12:22-24).
Esto sigue a Su regreso a la tierra (Ap.
19), un reagrupamiento del pueblo judío como creyentes en su Mesías—atestiguado
a lo largo de los profetas del Antiguo Testamento—y el establecimiento de Su
reino terrenal milenario, completo con la ciudad celestial de Jerusalén
descendiendo del cielo para posarse sobre la tierra renovada (Ap.
21:1-2).
Algo para reflexionar
Leer la vida de Abraham y sus viajes desde Ur a Harán, a Canaán, a Egipto, de vuelta a Canaán, revela una vida nómada. En esto, vemos una ilustración de que el pueblo de Dios no está en casa, al menos no todavía, ni siquiera para los cristianos. La tragedia de todo esto proviene del hecho de que Dios hizo la tierra y ha prometido a todos Sus santos una dicha eterna en la tierra—la nueva tierra (Ap. 21:1). Este mundo presente fue entregado a Satanás, el gobernante y dios de este mundo (Jn. 12:31; 2 Cor. 4:4). ¿Por qué? ¡Porque la humanidad lo exigió! Desde la pérdida del Huerto del Edén (Gén. 3) hasta la nueva tierra tras el Diluvio (Gén. 11), el hombre ha exigido su propio camino bajo sus propios dioses. Pero cuando Jesús regrese, Él será Rey en esta tierra, y todo lo que Dios prometió a Abraham y a quienes cuya fe se asemeja a la suya, disfrutarán por la eternidad de la plena medida de las promesas de Dios cumplidas—tanto terrenales como celestiales. Nosotros, como creyentes, esperamos con ilusión eso, no las bendiciones pasajeras de este mundo presente. Porque aquí somos extranjeros. ¡En el cielo somos ciudadanos!