Mateo 21:12-13 ― Semana de la Pasión: 31 de marzo, año 33 d. C.
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Mateo 21:12-13 ― 12 Y entró Jesús en el
templo y echó fuera a todos los que compraban y vendían en el templo, y volcó
las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían las palomas. 13 Y
les dijo: Escrito está: «Mi casa será llamada casa de oración», pero vosotros
la estáis haciendo cueva de ladrones.
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COMENTARIOS:
Jerusalén estaba llena de gente para la Pascua anual cuando Jesús
"entró… en el templo" al día siguiente. Peregrinos viajaban de todas
partes para ofrecer a sus corderos (Éx.
12:3-6). Sin embargo, quienes viajaban desde lejos no traían corderos
debido a las penurias de viajar con animales; simplemente compraban corderos en
el templo. El problema era que los mercaderes, bajo la atenta mirada de Anás,
el sumo sacerdote, se aprovechaban de ellos. El comercio estaba controlado por
la nobleza sacerdotal, que se beneficiaba enormemente a costa de los judíos.
Primero, a quienes necesitaban convertir su moneda extranjera para su uso en el
templo se les cobraba más del 25%. En segundo lugar, a quienes necesitaban
comprar animales se les cobraba hasta diez veces más que los costos normales.
Muchos que sí los traían eran negados y obligados a comprar animales a la venta
en el templo. Incluso aquellos pobres que solo podían ofrecer una paloma (Lev.
5:7; 14:22) estaban siendo estafados. Todo esto ocurría en la Pascua, una
fiesta de adoración y recuerdo de la liberación, por parte de Dios, de Su
pueblo de la esclavitud egipcia. Por ende, estos comerciantes corruptos
interferían en la adoración de Dios. En verdad, el patio del templo estaba
lleno de corrupción y explotación. Sin embargo, Jesús se opuso a esta práctica
malvada y puso fin a ella, al menos ese día.
Marcos
11:16 también revela que algunos judíos, cargados de mercancías, tomaban
atajos por la zona del templo, y la usaban como camino de acceso de una parte a
otra de la ciudad. Esto traía aún más confusión y caos a una zona que se
suponía estaba dedicada a la oración y la adoración. Así que, cuando Jesús
entró en el templo el martes, 31 de marzo del año 33 d. C., habiendo llegado
allí el día anterior y observado la corrupción (Mc.
11:11), estaba furioso. En los vv. 12-13 se ve a Jesús echando fuera a
todos los que corrompían el templo. Volcó las mesas de los comerciantes y los puestos
de quienes vendían palomas. Y se negó a permitir que nadie usara el patio del
templo como atajo al otro lado de la ciudad. Toda la operación malvada y
extendida se detuvo abruptamente. Al menos ese día, Jesús detuvo la estafa corrupta
del pueblo judío por parte de Anás, la cual hacía su propio beneficio malvado.
Por eso él buscó la muerte de Jesús (Mc.
11:18).
Jesús citó dos textos como base para Su ataque a los comerciantes del
templo. Primero, citó Isaías
56:7, recordándoles que el templo de Dios había de ser un lugar de adoración
para todas las naciones. Segundo, Jesús citó Jeremías
7:11, donde Jeremías condenaba la idea de que el templo protege a los
judíos en su pecado. Al contrario, Dios destruiría Su propio templo (Jer.
7:3-15), cumpliendo este texto unos 37 años después, cuando los romanos
demolieron el templo. Jesús simplemente llamó la atención sobre el hecho de que
Dios estaba enojado con la forma en que Su pueblo le trataba.
Algo para reflexionar
Hoy en día no hay templo en Jerusalén. El templo de Dios (1 Cor. 6:18-20; Rom. 12:1-2) es el cuerpo de cada creyente. Nuestros edificios de iglesia siguen siendo "casas de oración", pero son solo edificios. Nosotros, como cristianos, somos el templo de Dios. Ahora, al igual que el templo que Jesús limpió de corrupción con ira, nuestros cuerpos también se corrompen cuando llenamos nuestra mente de suciedad, cuando buscamos egoístamente placer desenfrenado, y no glorificamos a Dios con nuestros cuerpos. Fue Martín Lutero quien llegó a odiar las indulgencias de su época—la supuesta compra y venta de la gracia de Dios. Su desprecio por esta práctica dio paso a la Reforma Protestante, y movió a la gente de regreso al estudio de las Escrituras. Nosotros también deberíamos clamar hoy que Cristo exponga nuestros pecados y nos limpie, tal como lo hizo en el templo hace tanto tiempo. Solo entonces podremos cosechar verdaderamente las bendiciones eternas de Dios.