Hebreos 11:22 ― La fe de José
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Hebreos 11:22 ― 22 Por la fe José, al morir,
mencionó el éxodo de los hijos de Israel, y dio instrucciones acerca de sus
huesos.
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José fue el undécimo hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham. Su
historia en la Biblia es una de las más queridas, y no hay nada en la vida de
José que haga que se tenga una mala imagen de él. Como hijo de la esposa
favorita de Jacob, Raquel, era en efecto el hijo favorito de Jacob, y sus
hermanos lo sabían. Cuando Jacob mostró su favoritismo hacia José dándole una
túnica multicolor, sus hermanos tuvieron un profundo resentimiento hacia él.
Peor aún, José tuvo dos sueños en los que vio a sus hermanos inclinándose ante
él. Cuando se lo hizo saber a sus hermanos, se enfurecieron muchísimo. Así que,
cuando Jacob envió a José a revisar a sus hermanos en los campos, ellos aprovecharon
para tomarlo por la fuerza. Aunque hablaron de matarlo, acabaron vendiéndolo
como esclavo a un grupo de ismaelitas que luego lo vendieron a los egipcios.
Luego mintieron sobre su crimen diciéndole a Jacob que animales salvajes lo mataron.
La historia de fe de José comienza básicamente con él en Egipto.
Claramente, Dios le guio a través de los días más oscuros de tribulación para
llevarlo al punto en que su fe madurara plenamente. José, debido a que la
presencia de Dios era tan fuerte en su vida, llegó a estar de segundo al mando
sobre todo Egipto. Solo el faraón tenía mayor autoridad que él. Gestionaba el
suministro de alimentos en Egipto porque había previsto la sequía que sufría la
tierra. La gente venía de todas partes a comprarle comida a José—incluidos sus
hermanos que vivían en Canaán con Jacob. Cuando ellos llegaron a comprar comida
ni siquiera reconocieron a su hermano José, pero con el tiempo finalmente él se
reveló ante ellos. José perdonó a sus hermanos diciéndoles que lo que ellos hicieron
con el propósito de hacer el mal, Dios lo dispuso para el bien (Gén.
50:20). Al final, José mudó a todos sus hermanos y a su anciano padre Jacob
a Egipto para escapar de la hambruna en la tierra.
Mientras José moría, les dijo a sus hermanos: "Yo voy a morir, pero
Dios ciertamente os cuidará y os hará subir de esta tierra a la tierra que Él
prometió en juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob... Dios ciertamente os
cuidará, y llevaréis mis huesos de aquí" (Gén.
50:24-25). Claramente, José conocía el pacto abrahámico y creía en las
promesas de Dios. Las creía tan firmemente que ordenó que sus huesos fueran
sacados de Egipto tras su muerte, cuando los israelitas algún día regresaran a
la tierra. Esto, por supuesto, es exactamente lo que hizo Moisés (Éx.
13:19) cuando se llevó los huesos de José consigo mientras guiaba a Israel
fuera de la cautividad egipcia, cientos de años después. Josué enterró después
los huesos de José en la Tierra Prometida (Jos.
24:32) luego de que finalmente se asentaran en la tierra, es decir, una vez
cumplida la promesa de heredar la tierra.
José simplemente no consideraba su posición eminente en Egipto como su
objetivo final, ni la tierra de Egipto como su lugar de descanso final. Canaán
era su hogar porque Dios se lo prometió a él y a su pueblo. Él lo tenía todo en
Egipto, pero al igual que su bisabuelo Abraham, miraba más allá de lo temporal
hacia la eternidad. Él creía en la resurrección del cuerpo hasta su muerte,
cuando su fe era tan fuerte como nunca. Podría haber sentido resentimiento
hacia Dios y llamarle mentiroso por no cumplir Sus promesas, pero se abstuvo porque
creía en su futura resurrección corporal.
Algo para reflexionar
Mientras vivía en Egipto y disfrutaba de todo lo que le ofrecía su
posición, José estaba mucho más centrado en su morada eterna. Su fe era tan
fuerte en la muerte como lo fue durante la vida. Su fe en Dios le daba entendimiento
acerca del futuro. Algunos buscan entender antes de creer, pero nosotros los
cristianos primero creemos para poder entender. Tener fe en Dios y en Sus
promesas que no se ven abre la puerta a un viaje de toda una vida centrada en comprender
quién es Dios. Todo comienza con la fe en Dios, una fe que surge de primero oír
Sus palabras y confiar en que son verdaderas.