Juan 3:16 ― De tal manera amó Dios

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)

Juan 3:16 ― 16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------

COMENTARIOS:

La palabra para "de tal manera" en griego es houtōs. Significa "así de tanto" o "de esta manera". Puede referirse al grado en que Dios amó al mundo—tanto que dio a Su Hijo unigénito. O puede referirse a la manera en que Dios amó al mundo—enviando a Su propio Hijo. La primera opción es la más común en el Nuevo Testamento. Sin embargo, cuando se usa la palabra griega para "que" (hōste) junto con el verbo en modo indicativo ("dio"), tiende a enfatizar la grandeza del verbo, en este caso lo que Dios dio. Por ende, Juan parece combinar ambas opciones: el grado en que Dios amó al mundo y la manera en que Él eligió transmitir Su amor. Juan utiliza muchos dobles sentidos en su Evangelio. Por tanto, el pasaje trata sobre la naturaleza del amor de Dios y el modo que Él utilizó, junto con la fuerza y alcance que todo lo abarca.

La palabra traducida en español como "todo aquel" es simplemente "todos" en griego—literalmente, "que todos los que están creyendo en Él no perecerán...". Esta palabra habría sorprendido a Nicodemo, ya que él creía, como todos los judíos, que el amor de Dios se limitaba a los judíos. Mientras que los judíos se confunden sobre cómo Dios puede amar a alguien fuera de la raza judía, los gentiles se confunden sobre si Dios ha concedido libre albedrío a todos—diciendo que "todo el que quiera" puede venir a Cristo en busca de salvación. Los calvinistas, o aquellos con una visión reformada de la salvación, tienden a enfatizar el papel de Dios en amar al mundo y en dar a Su Hijo. Los arminianos, en cambio, tienden a enfatizar el "todo aquel" como indicador de la libertad humana en la salvación. Pero todo se reduce a nacer de nuevo (3:3) de agua y espíritu (3:5). Jesús no le dijo a Nicodemo que le conociera como Hijo de Dios y eligiera seguirle; más bien, le dijo que debía "nacer de nuevo". Y esto es únicamente obra de Dios por el Espíritu.

Todos los que crean en Cristo serán aquellos a quienes Dios Padre no solo ha hecho que nazcan de nuevo (1 Pe. 1:3), sino que debido a eso los "arrastrará" a Cristo (Jn. 6:44), y así creerán. Son estrictamente estos hijos escogidos de Dios (Efe. 1:3-12) quienes oirán la voz de Cristo y le seguirán (cf. Jn. 10), del mismo modo que las ovejas solo siguen a su pastor. Solo estos "no se perderán". Con esta frase, la implicación es que algunos sí se perderán o perecerán—serán "destruidos". Por tanto, Juan 3:16 no enseña la salvación universal basada únicamente en la muerte sacrificial de Cristo. Todos deben oír el mensaje de Cristo y luego responder a él por fe para ser salvados y no perecer.

El texto griego utiliza el modo subjuntivo para la palabra "perderse"—literalmente, que "pudieran no perecer sino tener vida eterna”. Este modo griego suele llamarse modo de probabilidad o posibilidad. Entonces, ¿es solo una posibilidad que quienes crean tendrán vida eterna y quienes se nieguen a creer perecerán? La gramática mitiga el modo de posibilidad y, de hecho, enfatiza su certeza. Gramaticalmente hablando, dado que Dios es el sujeto del pasaje, y Su propósito es salvar mediante la entrega de Su Hijo (indicado por el término griego: hina), el resultado que sigue al propósito de Dios se convierte en una realidad doble, no en una mera posibilidad. O bien crees en Cristo y vives eternamente, o lo rechazas y serás destruido eternamente. Después de todo, tanto Juan 10:28 como 11:26 hablan de la imposibilidad de perecer después de creer en Cristo.

Para quienes no creen en Cristo, Dios no puede ser acusado de causar su incredulidad. El hombre simplemente nace pecador y rebelde, y todo aquel que evalúe su vida lo sabe. Dios no quiere que nadie vaya al infierno, pero la propia voluntad del hombre escoge siempre el infierno. Por tanto, es el amor de Dios el que vence la voluntad depravada del hombre—como un hombre ahogado arrastrado hasta la orilla—y le da vida espiritualmente haciéndole nacer de nuevo (1 Pe. 1:3). En lugar de Dios simplemente no notar el pecado del hombre regenerado, en Su amor Él ha pagado la pena por ese pecado al morir en su lugar en la cruz. Por ende, el amor de Dios se manifiesta en Sus acciones a través de Su Hijo. El evangelio no trata sobre el amor de Dios en sí, sino sobre Su regalo: la muerte de Su Hijo, disponible para todos los que creen.