Hebreos 11:30-31 ― Fe aparentemente absurda
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Hebreos 11:30-31 ― 30 Por la fe cayeron los
muros de Jericó, después de ser rodeados por siete días. 31 Por
la fe la ramera Rahab no pereció con los desobedientes, por haber recibido a
los espías en paz.
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Cuarenta años después de que Moisés sacara a Israel del cautiverio
egipcio, murió y pasó la antorcha a Josué, quien luego condujo a Israel hacia
la Tierra Prometida—Canaán, o el actual Israel-Palestina. La primera ciudad atacada
fue Jericó que, como algunas ciudades, estaba fuertemente fortificada y
protegida por una gran muralla (Jos.
6:1-21). Normalmente, estos muros eran enormes, diseñados para proteger
contra los ataques enemigos más fuertes. Se decía que las murallas de Babilonia
eran lo suficientemente anchas para que dos carruajes anduvieran lado a lado,
por lo que podía tardar años para que un ejército invasor se infiltrara en
algunas ciudades. Sin embargo, el plan de Dios para Israel no era el plan
tradicional de batalla; simplemente era que Israel marchara alrededor de la
ciudad de Jericó durante siete días, y el último día tocara trompetas. Al igual
que la Pascua, este era un plan extraño para Israel, pero si obedecían,
conquistarían.
A menudo, las instrucciones de Dios nos parecen ilógicas, pero siempre
son perfectas. Dado que Josué era un hombre piadoso y de fe como Moisés, no
cuestionó el plan de Dios; él lo obedeció. Además, tampoco hay indicios de que
esta nueva generación de israelitas se quejara del plan de Dios. Puede que les
pareciera absurdo, pero esa generación había aprendido de la anterior las
consecuencias de quejarse contra Dios. Por ello, fueron entrenados para
obedecer a Dios y esperar a que Su plan se desarrollara. Por supuesto, lo que
ocurrió en siete días de marchar alrededor de la ciudad habría llevado años
lograrlo por medios humanos. Pero por la mano divina de Dios, las grandes
murallas de Jericó, en el séptimo día de marchar, se derrumbaron. Cuando lo
hicieron, Israel tomó la ciudad, matando a sus habitantes como Dios había
ordenado. Una vez más, el poder de Dios se le mostró a Israel a través de su
fe.
Solo se menciona a una persona y a su familia como sobrevivientes a la
masacre de Jericó, y su nombre era Rahab. Como prostituta, ella era producto de
la corrupta sociedad cananea. Pero ella y su pueblo habían oído hablar de la
liberación de Israel por parte de Dios 40 años antes, cuando caminaron por el
mar de juncos sobre tierra seca. Como resultado, ella temía al Dios de Israel
sin conocerle realmente. Su fe se evidencia en cómo ayudó a Israel ocultando a
los dos espías cuando vinieron a evaluar la ciudad justo antes de que Israel cruzara el
Jordán (Jos.
2). Su fe se manifestó en su disposición a poner en riesgo su propia vida
para ayudar a la nación cuyo Dios temía. Se la menciona favorablemente en Santiago
2:25 como alguien cuya fe fue evidente en sus acciones. Más tarde ella se
casó con un israelita, Salmón (Mt.
1:5), y tuvieron un hijo al que llamaron Booz. Booz fue bisabuelo de David,
el antepasado de Jesús (Mt.
1:17)—el Mesías.
Cabe destacar que Rahab era cananea, específicamente amorrea—un pueblo
que Dios le informó a Abraham que estaba marcado para la ruina (Gén.
15:16). Vivió en una sociedad perversa. Se sabe que los cananeos introducían
bebés vivos en jarras y los ponían en los cimientos de sus ciudades y sus
murallas como sacrificios a sus dioses paganos. Por tanto, su conversión es muy
poco probable. Sin embargo, demuestra cómo las personas que viven en las
sociedades más corruptas pueden salvarse mediante la fe. El hecho de que ella esté
en la línea del Mesías prueba que Dios llama a personas de todos los ámbitos de
la vida. Ella expresó su fe recibiendo a los espías de Israel y ofreciéndoles
una hospitalidad amistosa por temor de Dios Todopoderoso.
Algo para reflexionar
Se dice que Dios disfruta matando el orgullo de los hombres. Imagina lo tonto que se sintieron esos guerreros hebreos al caminar alrededor de Jericó durante siete días. Así también Dios a veces nos humilla a través de nuestras pruebas para romper nuestro orgullo y no dejarnos nada más que confiar en Él. Tener fe es un riesgo, pero la verdadera fe asume riesgos porque confía en Dios incluso cuando eso nos hace quedar como ridículos. Todos tenemos un Jericó en nuestras vidas para desarrollar nuestra fe. Identifícalo y confía.