Hebreos 11:32-35a ― Fe: Confiar en Dios, teniendo defectos
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Hebreos 11:32-35a ― 32 ¿Y qué más diré? Pues el
tiempo me faltaría para contar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y
los profetas; 33 quienes por la fe conquistaron reinos, hicieron
justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, 34 apagaron
la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada; siendo débiles, fueron
hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra, pusieron en fuga a
ejércitos extranjeros. 35 Las mujeres recibieron a sus
muertos mediante la resurrección...
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COMENTARIOS:
En los vv. 32-34, el autor cubre la era de Israel bajo los Jueces, su
segundo rey, David, que reinó desde 1010 hasta 970 a. C., y los profetas. Los
jueces mencionados, como ocurre con todos los fieles, tenían sus defectos
además de su fe. Gobernaron Israel en una época en la que "no había rey en
Israel; cada uno hacía lo que a sus ojos le parecía bien" (Jueces
17:6; 18:1; 19:1; 21:25). Su ejemplo de fidelidad en medio del mal fue un
modelo para el público al que se dirigía el autor de Hebreos, un público
cristiano en medio de una persecución prodigiosa.
En Jueces
6-8 conocemos a Gedeón, un hombre de fe tímida a quien Dios eligió para
liderar un ejército contra los opresores de Israel, los madianitas. Para
moldear su fe, Dios le dijo que redujera su ejército de 32000 a 300 hombres.
Dios hizo esto para dejar claro que cuando Israel saliera victorioso, Gedeón
sabría que era solo Dios obrando a través de su fe.
En Jueces
4 conocemos a Barac, un líder militar bajo la judicatura de Débora.
Reconoció que Dios estaba con ella y no iría a la batalla sin ella para luchar
contra el rey cananeo Jabín junto a su poderoso comandante Sísara, que tenía
900 carruajes de hierro. Dado que Barac creía en la promesa de victoria de
Dios, no le preocupaba que una mujer recibiera gloria por sus acciones (4:9).
Barac salió con un pequeño ejército, confiando en que Dios obraría la victoria
a través de él. Dios así lo hizo.
En Jueces
13-16 conocemos a Sansón, ¡una extraña incorporación al Salón de la Fama de
la Fe! Aun así, estaba lleno del Espíritu Santo, y lo sabía. Él iba a la
batalla con confianza, contra todo pronóstico, y salía victorioso en toda ocasión;
eso fue hasta que se volvió orgulloso. Pero incluso después de que su orgullo
lo derribara, él fielmente invocó a Dios para que le liberara a él y a su
pueblo. Dios así lo hizo.
En Jueces
11-12 conocemos a Jefté, un hombre fiel de Dios con un claro entendimiento
de la obra pasada de Dios en y a través de Su pueblo Israel (Jueces
11:15-28). Por ende, él le temió a Dios y liberó a Israel de los amonitas.
Como todos, él tenía sus defectos; pero era un hombre de fe sólida.
David fue un hombre que confió en el Señor durante toda su vida, a pesar
de su pecado con Betsabé. Desde que era un pastor manteniendo alejados a
animales salvajes (1
Sam. 17:34-36) hasta la victoria sobre Goliat, él confió en Dios. Aunque
pecador, David fue, por ende, un hombre poderoso de fe.
Samuel fue un profeta y un juez en medio de la corrupción de Israel. Él,
como David, fue fiel desde muy joven, un verdadero modelo de fe. La idolatría e
inmoralidad entre su pueblo Israel era su lucha, no ejércitos invasores en sí.
Su fe fue puesta a prueba porque se vio obligado a enfrentarse a personas pecadoras,
incluso al rey Saúl, a quien había ungido rey sobre Israel.
La mención de los profetas es notable, porque no solo recibieron la
palabra de Dios, sino que la predicaron con determinación. Juntos, estas
personas "conquistaron reinos, hicieron justicia, obtuvieron promesas,
cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo
de la espada; siendo débiles, fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en
la guerra, pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron a
sus muertos mediante la resurrección". Estas hazañas monumentales
representan a esos grandes hombres y mujeres de fe en el Antiguo Testamento,
cuyas obras atestiguan su confianza en Dios.
El v. 35 habla de mujeres cuyos hijos estaban muertos pero que por fe
los recibieron de vuelta. La viuda de Sarepta (1
Re. 17:17-24) y la mujer sunamita (2
Re. 4:8-36) están a la vista, pero también estaba el hijo de la viuda de
Naín (Lc.
7:11-14), a quien Jesús le devolvió la vida—milagros logrados a través de la
fe. ¡Por ende, incluso los muertos pueden resucitar por la fe!
Algo para reflexionar
Todos los que nos precedieron con gran fe compartían dos rasgos comunes: confiaban en Dios y tenían defectos. Juan Calvino dijo de ellos: "No hubo ninguno de ellos cuya fe no flaqueara... en cada santo siempre se encuentra algo reprobable. Sin embargo, aunque la fe pueda ser imperfecta e incompleta, no deja de ser aprobada por Dios. Por lo tanto, no hay razón para que la falla con la cual luchamos nos quebrante o desanime, siempre que sigamos adelante por la fe en la carrera de nuestro llamado".