Hebreos 12:18-21 ― El terror del monte Sinaí
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Hebreos 12:18-21 ― 18 Porque no os habéis
acercado a un monte que se puede tocar, ni a fuego ardiente,
ni a tinieblas, ni a oscuridad, ni a torbellino, 19 ni a
sonido de trompeta, ni a ruido de palabras tal, que los que
oyeron rogaron que no se les hablara más; 20 porque no
podían soportar el mandato: Si aun una bestia toca el monte, será
apedreada. 21 Tan terrible era el espectáculo, que Moisés
dijo: Estoy aterrado y temblando.
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COMENTARIOS:
Comenzando en Hebreos 12:18, el autor presenta
otro ejemplo pertinente de la superioridad de Cristo en el nuevo pacto,
recordando a su audiencia judía los acontecimientos que surgieron en Éxodo
capítulos 19–20,
circa 1445 a. C. En ese tiempo, en el monte Sinaí, Dios se encontró con Moisés
y le dio la Ley escrita (antiguo pacto) que había de gobernar a Israel en
Canaán.
El escenario de Éxodo
19–20 trata del asombroso poder de Dios cuando dio a Moisés las tablas de
piedra (el Decálogo) que contenían tanto la bendición por la obediencia como la
maldición por la rebeldía. El monte Sinaí aquel día era como un fuego ardiente,
lleno de «tinieblas… oscuridad… torbellino» (Heb. 12:18), siendo «torbellino»
un término semejante a tornado. Dios se estaba manifestando a Israel aquel día
para la fe de ellos (Éx.
19:9), en gloria y poder, dándoles una visión abrumadora de Su autoridad y
de la reverencia que se le debe. En medio de esta validación del poder de Dios,
nadie debía acercarse ni tocar el monte de Dios, pues hacerlo significaba
muerte, porque «si aun una bestia toca el monte, será apedreada» (v. 20; cf. Éx.
19:12).
El pueblo de Israel se encontró con Dios de una
manera aterradora aquel día. Mientras la trompeta celestial sonaba, su
estruendo se hacía cada vez más fuerte, convocando a Israel a la base del
monte. Fue allí donde su experiencia aterradora se intensificó hasta el punto
de que le rogaron a Moisés que pidiera a Dios apartar Su atención de ellos, que
le hablara solo a Moisés, porque estaban abrumados por Dios. Por su parte,
Moisés intentó consolar a Israel, diciendo: «No temáis, porque Dios ha venido
para poneros a prueba, y para que su temor permanezca en vosotros, y para que
no pequéis» (Éx.
20:20). En otras palabras, la manifestación del poder y la santidad de Dios
aquel día debía quedar grabada para siempre en la memoria de Israel.
Moisés, comentando sobre aquella ocasión
temible en Deuteronomio
9:19, dijo él mismo: «Estoy aterrado y temblando» (Heb. 12:21). Sin
embargo, Moisés no temía solo por sí mismo; temía por Israel. Después de todo,
él era el mediador de Israel, y tenía la imponente tarea de llevar la temerosa
queja de Israel y sus vidas pecaminosas ante el Dios Todopoderoso. ¡El monte
Sinaí era un lugar temible!
Eso fue en ese entonces—en 1446 a. C.; esto es
ahora—al menos ahora en el contexto de la Epístola a los Hebreos. El autor
estaba contrastando aquellos acontecimientos antiguos con lo que su audiencia
estaba experimentando en el aquí y ahora. Estos judíos conocían su historia, un
reflejo del antiguo pacto en la Ley mosaica. Sin embargo, aparentemente habían
olvidado esa historia (cf. 12:5).
Su Salvador del nuevo pacto, Jesús de Nazaret, los había llevado no al monte
Sinaí con temor y temblor por sus corazones pecaminosos, sino al monte Sion—la
morada espiritual de Dios donde podían acercarse confiadamente al trono mismo
de Dios y permanecer allí para hallar misericordia y gracia que los ayuden en
tiempo de necesidad (4:16).
¡Su situación en el nuevo pacto no era en nada como la del antiguo pacto!
Algo para reflexionar
Una religión orientada a obras (catolicismo romano, mormonismo, islam, et al.) intenta ganar el favor de Dios por medio del mérito. Pero Dios no puede ser aplacado por medio de nuestras obras, ¡porque nuestro pecado mató a Su Hijo! La salvación tiene que venir solo por medio de la gracia de Dios—Él decidiendo allanar un camino para nuestro perdón. Alabado sea Dios que no vivimos bajo la antigua dispensación del Sinaí, porque nadie puede agradar a Dios por medio de la Ley, representada por el monte Sinaí. Por la gracia de Dios podemos venir a Jesucristo solo por medio de la fe, acercándonos a Dios a través del monte Sion. ¡Es por la obra de Cristo que nos acercamos a Dios, y con confianza! No hay otro camino, porque la salvación es solo por la gracia de Dios.