Hebreos 13:15-16 ― Ofreciendo sacrificio de alabanza

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor Iglesia Bíblica Harvest)

Hebreos 13:15-16 ― 15 Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante [Cristo], sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre. 16 Y no os olvidéis de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios.

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COMENTARIOS:

Habiendo sido movidos del judaísmo a su cumplimiento definitivo en Jesucristo, a la audiencia judía ya no se les requería que ofrecieran sacrificios con animales y cereales. Esas cosas meramente apuntaban adelante hacia Cristo; y Cristo, habiendo venido, no ha de ser adorado con sangre de animales ni con cereales, sino con una ofrenda continua de «alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan Su nombre» (v. 15). Es notable que solo «mediante Cristo» esa adoración puede ofrecerse a Dios. El antiguo sistema judío ya no es válido. Pero tampoco lo es ninguna otra adoración; solo mediante Cristo. En otras palabras, no hay adoración a Dios aparte de Jesucristo.

En el cristianismo no hay altar como lo hay en el judaísmo, no hay sacrificios sangrientos, ni una ciudad específica como Jerusalén donde resida la presencia de Dios. La presencia de Dios existe en todas partes como nuestro Dios omnipresente, pero específicamente entre Su pueblo, por medio de Su Espíritu que habita (Rom. 8:9-11) en aquellos que confían en Jesucristo, el Hijo de Dios. Así que, sin un lugar específico a donde ir, y sin una ofrenda específica, ¿cómo adoran los cristianos? Hebreos 13:15 dice claramente que nuestra adoración viene por medio de nuestro continuo «sacrificio de alabanza». La misma instrucción fue dada en 12:28, donde a los cristianos se les instruye a «demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia» (12:28).

Por supuesto, todo este servicio de labios, aunque bueno en sí mismo, no vale nada si se hace sin un corazón para Cristo. Es con el corazón que las verdaderas palabras de alabanza, seguidas por obras, sobrepasan el ritual insípido de obras religiosas practicado por muchos hoy. Por eso el autor le recuerda a su audiencia que no descuide «hacer el bien y de la ayuda mutua». Cualquiera puede cantar canciones de alabanza, especialmente si el género musical es lo que lo mueve. Pero cantar alabanzas a Dios mientras también se hace el bien y la ayuda mutua es la fórmula de la adoración genuina y espiritual. La adoración, por tanto, brota de todo nuestro ser, pues como escribió el Apóstol Pablo: «presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional» (Rom. 12:1). Esto es lo que nos transforma a la imagen del Hijo de Dios en contraste con los patrones siempre cambiantes de este mundo malvado (Rom. 12:2).

Alimento para pensar

Lamentablemente, parece que en muchas iglesias hoy, la adoración se limita a cantar canciones. Después de todo, ¿no se les llama a los líderes de canto en las iglesias de hoy «líderes de adoración»? ¡Como si la adoración comenzara y terminara con canciones! Es como si hubiera un tiempo de adoración en la iglesia (canto), y luego un tiempo de predicación, oración, etc. Ciertamente cantar puede ser una expresión de adoración, pero muchas veces es auto-adoración, pues muchos solo cantan las canciones que les gustan. Algunos ni siquiera mueven la boca con los himnos. Pero ¿no son las palabras lo que importan? ¿No es a Dios a quien venimos a adorar? Si es así, ¿realmente importa si nos gustan las palabras o el género de la canción? ¡Por supuesto que no! Por eso las palabras de las canciones que cantamos son tan vitales, pues deben ser adoradoras y exactas respecto a quién es Dios, porque Él busca verdadera adoración de Su pueblo (Jn. 4:23-24)—adoración que Él requiere, no la que a nosotros nos gusta, por así decirlo. De hecho, las canciones de alabanza que cantamos son realmente oraciones que hacemos, pues al cantarlas a Dios, ¿no estamos orándole a Él? ¡Ciertamente que sí! Pero aun cuando logremos tal alabanza genuina a Dios, no nos detengamos allí. Cuando salgamos de la iglesia, continuemos adorando en palabra y en obra, sirviendo a Cristo al servir a los necesitados. Estas cosas realmente son inseparables. John MacArthur dice: «El servicio de labios debe ir acompañado por el servicio de vida». ¡Bien dicho! Porque en el servicio de vida, la verdadera adoración nos es expuesta en la Escritura: «La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Stg. 1:27).