Hebreos 13:20-21 ― Jesucristo: nuestro Gran Pastor

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor Iglesia Bíblica Harvest)

Hebreos 13:20-21 ― 20 Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, 21 os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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COMENTARIOS:

Aunque este pasaje de bendición final necesita poco comentario, hay muchas cosas de las cuales tomar nota. Primero, Dios es “el Dios de paz”. Dios es muy difamado hoy, pero quizá eso se deba a que es tan mal entendido. Las personas tienden a definir a Dios en sus propios términos para su propio perjuicio. Pero Dios, por definición, es aquel del que nada mayor a Él puede concebirse. Por tanto, Él es soberano (supremo), omnisciente (todo lo sabe), omnibenevolente (todo amor), omnipotente (todopoderoso), y santo—por nombrar solo algunos de Sus rasgos. Por ende, Dios nunca puede ser acusado de alguna deficiencia, por confusos que Sus caminos puedan parecernos. Aquí en Hebreos 13:20, Dios no es el Dios de caos sino de “paz”—aquello que es armonioso y libre de disputas.

Nótese también que es Dios “que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno” (v. 20). Aparte de la creación del universo solo por Su palabra, la mayor demostración de poder divino fue la resurrección del Señor Jesús tres días después de Su muerte. Nótese aquí que Jesús es llamado “el gran Pastor”, no meramente el “buen Pastor” (Jn. 10). Un pastor es quien vela por sus ovejas, amándolas y protegiéndolas como su propia posesión. Un buen pastor sería quien hace esto bien. Pero “el gran” Pastor es Aquel que muere por Sus ovejas y resucita para la salvación de ellas. Solo Jesús hizo esto “mediante la sangre del pacto eterno”, Su propia sangre para garantizar Su promesa eterna de la paz que Dios nos concede mediante Su vida, muerte, y resurrección.

Es este Señor Jesús, el Dios de paz en carne, por quien el autor ora que “os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él...”. Así como el autor pide oración por sí mismo, él ora por su audiencia la más elevada de las oraciones: ser apto en toda buena obra para hacer la voluntad de Dios, ¡Dios obrando en nosotros aquello que le agrada! Un cristiano solo necesita rendirse a Dios para que Él obre dentro de la persona y la use tan poderosamente.

Los cristianos pueden ocuparse en su salvación (Flp. 2:12-13)—no ocuparse para lograr su salvación, sino ocuparse en ella en el sentido de familiarizarse cada vez más con la gracia de Dios en sus vidas. Lo hacen porque Dios obra en nosotros “tanto el querer como el hacer, para su beneplácito” (Flp. 2:12-13). Y puesto que Cristo es quien obra en nosotros y por medio de nosotros, es Cristo “a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Heb. 13:21). Así que, nótese la naturaleza eterna de Cristo y la gloria que le pertenece a Él, no a nosotros por ser de alguna manera lo suficientemente inteligentes para recibir Su llamado a la salvación. Si Cristo recibe gloria por los siglos de los siglos, “obrando en nosotros lo que es agradable”, entonces nosotros no recibimos gloria por recibirlo. Él recibe toda la gloria por salvarnos. Absolutamente, ¡toda la gloria!

Alimento para pensar

Nótese la teología aprendida de este pasaje aparentemente común: Dios es el Dios de paz. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos, nuestro gran Pastor—el supervisor de nuestras almas eternas. El pacto de Cristo con nosotros fue ratificado en Su propia sangre, una promesa para la eternidad de salvar y preservar a los que confían en Él. Cristo hace apto o capacita a Su pueblo para toda buena obra, específicamente para hacer las cosas que son Su voluntad, cosas que obran para agradarle. Estas cosas que hacemos que agradan a Dios se hacen mediante Jesucristo, y es Jesucristo—Dios en carne—quien debe recibir gloria por los siglos de los siglos. Solo decir “por los siglos de los siglos” define a nuestro Dios eterno. Solo aquel del que nada mayor puede concebirse, recibe gloria eterna. El Señor Jesucristo es ese Dios. Por tanto, nunca dudemos de Él, y nunca lo neguemos. Él es el Dios digno de toda nuestra alabanza.