Santiago 1:14-15 ― Tentado hasta la muerte
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Santiago 1:14-15 ― 14 Sino que cada uno es
tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. 15 Después,
cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es
consumado, engendra la muerte.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------
COMENTARIOS:
Tristemente, la naturaleza del hombre es pecar, una enfermedad que
siempre conduce a la muerte (Rom.
6:23). Como dijo Pablo: “Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo
por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a
todos los hombres, porque todos pecaron…” (Rom.
5:12). Así, el hombre no es la buena creación que fue al principio. Aunque
todavía está hecho a imagen de Dios, desde el tiempo de la rebelión de Adán en
Edén, el hombre ha buscado su propio camino, impulsado por sus pasiones
internas. Nuestra rebelión innata hace requerible nuestra necesidad de un
Salvador.
Santiago dice que los cristianos, aunque son probados por Dios,
nunca son tentados por Él a pecar. Nuestras “propias pasiones” son
responsables de eso (v. 14). Pedro igualmente advierte: “Vuestro adversario, el
diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar” (1
Pe. 5:8). Pero aparentemente Satanás solo puede devorar cuando permitimos
ser “llevado[s] y seducido[s] por [nuestra] propia pasión”.
Aunque la Escritura presenta a Satanás tentando a los seres humanos a
pecar, como lo hace con Jesús en el desierto (Mt.
4; Lc. 4), Santiago se estaba ocupando del propio papel del cristiano al
conducirse a sí mismo hacia tentaciones pasionales. Dios nunca tiene la culpa
cuando los cristianos van tras sus propias pasiones, porque aun los redimidos
luchan con su propia carne, la cual está en conflicto con el Espíritu (Gál.
5:17).
Aunque Santiago usa el término “pasión”, o “deseo” (NVI), en el v. 14,
en el contexto de pecado, el término no es inherentemente malo en el NT (cf. Lc.
22:15; Flp. 1:23). Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones “pasión”
tiene ya sea un matiz sexual o un significado más general respecto a cómo el
hombre anhela aquello que está prohibido (cf. 1
Pe. 2:11; 1 Jn. 2:17). Este es el significado de Santiago para el término,
porque cualquier cosa que el hombre desee, fuera de lo que Dios permite, es lo
que nos lleva y seduce. Los términos griegos para “llevado” (exelkō) y
“seducido” (deleazō) describen a un pez que es atrapado con anzuelo. Mientras
el pez nada, advierte algo que parece bueno. Al morder, queda enganchado y
muere. El pescador no tiene la culpa, porque el pez fue seducido por lo que vio,
y pagó por ello con su vida. Así es el pecado. Como un niño concebido que crece
en el vientre de su madre y luego nace, así también los deseos
pasionales—comenzando pequeños—se vuelven irresistibles. Salomón pinta la
escena en Proverbios
7:6-27, donde un joven es atraído por una mujer de vida liviana. Lo que
inicialmente le pareció bueno terminó en su muerte.
Ahora bien, la “muerte” a la que Santiago se refiere aquí no es una
referencia al fin de la vida. Si lo fuera, nadie estaría vivo hoy, puesto que
todos son atraídos por pasiones pecaminosas a lo largo de sus vidas. Tampoco se
está refiriendo a la muerte eterna en el infierno por sucumbir a pasiones
pecaminosas. Los pecadores son salvados por la gracia de Dios cuando confían en
Cristo, a pesar de sus pasiones pecaminosas (Ef.
2:8-9; cf. Rom. 8:1). La “muerte” a la que Santiago se refiere aquí refleja
la manera judía de pensar, es decir, que la muerte era una forma de vida, “más
como una trayectoria que como un destino” (Swindoll). Así como el rey David, en
su pasión, deliberadamente mandó traer a la casada Betsabé y cometió adulterio
con ella, y luego hizo matar a su esposo, vivió en un estado de muerte:
“Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el
día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con
el calor del verano” (Sal.
32:3-4; cf. Deut. 30:15; Prov. 12:28; 13:14).
Por ende, la “muerte” a la que Santiago se refiere es una “existencia
semejante a la muerte”—no la “vida abundante” que Cristo prometió a quienes le
aman (Jn.
10:10). En la existencia semejante a la muerte, habiendo sucumbido a
nuestras pasiones pecaminosas, no experimentamos ni victoria sobre el pecado ni
el beneficio del fruto del Espíritu (cf. Gál.
5:22-23). David escapó de esto arrepintiéndose: “Te manifesté mi pecado…
dije: ‘Confesaré mis transgresiones al Señor’; y tú perdonaste la culpa de mi
pecado. Selah. Por eso, que todo santo ore a ti en el tiempo en que puedas ser
hallado; ciertamente, en la inundación de muchas aguas, no llegarán estas a él.
Tú eres mi escondedero; de la angustia me preservarás; con cánticos de
liberación me rodearás. Selah” (Sal. 32:5-7).
Alimento para reflexionar
Debemos orar por sabiduría, porque todos luchamos con tentaciones a
pecar que conducen a una existencia semejante a la muerte. La sabiduría es el
antídoto en esos tiempos de prueba (Stg.
1:5-8). No es una oración contra Satanás ni una reprensión del diablo; es
la oración: “no nos metas en tentación, mas líbranos del malo” (Mt.
6:13) la que debemos orar. Claramente, el “malo”, o “maligno”, acecha
durante nuestros tiempos de prueba. Por lo tanto, nuestra oración es que
Satanás no nos derribe durante esos tiempos vulnerables. Observar la oración de
Agur: “Aleja de mí la mentira y las palabras engañosas, no me des pobreza ni
riqueza; dame a comer mi porción de pan, no sea que me sacie y te niegue, y
diga: ¿Quién es el Señor?, o que sea menesteroso y robe, y profane el nombre de
mi Dios” (Prov.
30:8-9). Agur sabía cuáles eran sus debilidades, a saber, tener demasiado
y tener muy poco. Así que oró para que ninguna de ellas lo dominara. Sabía
que su naturaleza, como la de todo ser humano, estaba tan inclinada al pecado
como un pez al agua. ¿El antídoto? Oración a Dios para que la tentación sea
quitada. ¡Sabiduría!