Santiago 1:20-21 – Refrena tu ira

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor Iglesia Bíblica Harvest)

Santiago 1:20-21 – 20 pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. 21 Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas.

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COMENTARIOS:

La audiencia cristiana judía de Santiago estaba airada con Dios por Sus pruebas. Pero, habiéndoles instruido acerca del gozo en medio de estas pruebas (v. 2), él explica que “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (v. 20). El “por lo cual”, en el v. 21, hace la transición al antídoto para tal ira: “desechando toda inmundicia y todo resto de malicia…”. El verbo “desechando” significa “quitarse”, como quitarse una prenda inmunda (cf. Hch. 7:58). Este verbo también se usa en referencia al antiguo estilo de vida de pecado que el incrédulo alguna vez conocía (cf. Rom. 13:12; Ef. 4:22, 25; Heb. 12:1; 1 Pe. 2:1) antes de venir a la fe en Cristo—desecharlo a favor de la justicia. “Desechando” es en realidad un participio en griego que modifica “recibid la palabra implantada”, en el sentido de que la “palabra implantada”, el poder salvador del evangelio, no puede ser eficaz hasta que “toda inmundicia y todo resto de malicia” haya sido desechado.

La “inmundicia” (gr. rhuparia) de la que habla Santiago, viene de la misma raíz del término “sucio” en 2:2, que describe ropa inmunda (cf. Zac. 3:3-4), aunque Santiago habla aquí de inmundicia moral. Para que la audiencia sepa exactamente cuán inmundo es el pecado, Santiago une “inmundicia” con “todo resto de malicia” (v. 21), es decir, el excedente, o abundancia, de maldad (cf. Rom. 5:17; 2 Cor. 8:2; 10:15). Claramente Santiago ve los peligros del pecado y las tentaciones al pecado en medio de pruebas ordenadas por Dios. Por tanto, no solo le advierte a su audiencia; quiere que se quiten esta abundancia de maldad como ropa vieja, y la dejen a un lado para siempre. Sin embargo, Santiago mismo sabría que esta es una intensa batalla espiritual que los cristianos enfrentan diariamente, una batalla que nunca termina verdaderamente hasta la muerte. De hecho, la batalla es tan intensa que, mientras los cristianos se involucren en ella esforzándose diariamente por dejar a un lado su maldad, hallarán más pecado en sus vidas para ser dejado a un lado y mayor conflicto con cada fruto podrido que descubran.

Por supuesto, la audiencia de Santiago ya había recibido la predicación de la palabra de verdad. Él sabía que ellos conocían la palabra de Dios y el mensaje del evangelio. Pero lo que no podía saber con certeza era si el evangelio verdaderamente había impactado sus vidas ahora que su fe estaba siendo probada. Así que, después de ordenarles de abandonar sus caminos pecaminosos, les dice humildemente “recibid la palabra implantada”. Esto es típico de Santiago, quien, a lo largo de su epístola, exige obras como prueba de la fe genuina (cf. 2:14-26). Él nunca dice a su audiencia que adopte un nuevo cuerpo de ética; más bien, debían confiar en aquello que ya poseían: “la palabra”. Era esta verdad en acción la que determinaría su valor, y les permitiría experimentar gozo en medio de sus pruebas.

Notablemente, la palabra “implantada” (gr. emphutos) no significa que todos tengan la palabra de Dios de manera innata. La audiencia cristiana de Santiago había recibido esta palabra; por tanto, estaba implantada. La “palabra” (gr. logos) equivale a la “palabra de verdad”, que tiene poder para regenerar (v. 18), es decir, para salvar (v. 21). Ahora solo necesitaban permitir que la “palabra” salvadora de Dios influyera en su conducta. Al añadir que la recibieron “con humildad”, Santiago les recordó que debían ser receptivos a la obra de la palabra de Dios en sus corazones (cf. Mc. 4:3-20), la palabra que había sido implantada para poder.

El poder de la palabra implantada de Dios es que “es poderosa para salvar vuestras almas” (v. 21). El alma en este contexto es una referencia al ser humano entero, no solo a una parte. Además, puesto que se habla de la salvación del alma como en futuro, Santiago se refería a la salvación final del cristiano del pecado en el tiempo del regreso de Cristo en gloria (cf. Rom. 5:9, 10; 13:11; 1 Tes. 5:9; Flp. 2:12; 1 Tim. 4:16; 2 Tim. 4:18; Heb. 9:28; 1 Pe. 1:5, 9; 2:2; 4:18). Así, parece evidente que el corazón de Santiago por sus lectores era que no solo conocieran a Jesús, sino que le obedecieran para su salvación definitiva.

Alimento para reflexionar

¿Cómo podríamos “recibir la palabra implantada” cuando ya creemos en Cristo para salvación? Respuesta: ¡preparen vuestros corazones! Puedes comenzar confesando a Dios el pecado no confesado, y recibir Su perdón para la restauración de tu comunión (1 Jn. 1:9). Luego puedes leer y meditar en la palabra de Dios, pidiendo a Dios que te escudriñe y revele todas las maneras en que eres ofensivo hacia Él (cf. Sal. 139:23-24). Finalmente, puedes humillarte delante de Dios, aceptando todo lo que enseñan las Escriturasdesde la salvación por gracia solamente, mediante la fe solamente, en Cristo solamente (Ef. 2:8-10), hasta la doctrina de la elección-predestinación (Rom. 8:28-30; Ef. 1:4-14), y hasta estar de acuerdo con Dios en que los hombres son hombres, las mujeres son mujeres, y que las mujeres no deben enseñar ni ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia (1 Tim. 2:9-14). Aunque estas doctrinas pueden airarnos, es solo porque nosotros estamos equivocados y Dios tiene la razón. Recibamos, pues, la palabra implantada de Dios, y vivamos la vida abundante, ya no sacudidos por nuestra ira y frustración por las pruebas de la vida.