Santiago 1:22-25 ― No solo oidores, sino hacedores
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Santiago 1:22-25 ― 22 Sed hacedores de la palabra y
no solamente oidores que se engañan a sí mismos. 23 Porque si
alguno es oidor de la palabra, y no hacedor, es semejante a un hombre que mira
su rostro natural en un espejo; 24 pues después de mirarse a
sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es. 25
Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y
permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor
eficaz, este será bienaventurado en lo que hace.
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COMENTARIOS:
Una vez que
hemos “recibido la palabra” (v.
21), es entonces que la aplicamos. Conocer la palabra de Dios es
insuficiente, porque ahora debemos ser “hacedores de la palabra” (v. 22). Solo
los hacedores de la palabra serán “bienaventurados” (v. 25). Si meramente
conocer la palabra de Dios pudiera salvar, entonces el diablo mismo sería
salvo, porque incluso el diablo puede citar la palabra de Dios (cf. Mt.
4; Lc. 4). Jesús mismo dijo: “Dichosos los que oyen la palabra de Dios y
la guardan” (Lc.
11:28, cursiva mía). Santiago dice que los que no aplican la palabra de
Dios “se engañan” a sí mismos. Así, la fe en Cristo y la obediencia a Cristo
son dos lados de la misma moneda (cf. Jn.
3:36).
En los vv.
23-24 Santiago da un ejemplo negativo, comentando lo absurdo de aquellos que
oyen la palabra pero no actúan conforme a ella. Como uno que mira su reflejo y
nota que está desarreglado, pero no hace los ajustes adecuados, tal persona es
necia, pues ve lo que necesita ser corregido y, sin embargo, no lo hace.
Hablando espiritualmente, puesto que el verbo para “mirar” connota una profunda
introspección de uno mismo, Santiago está diciendo que el que oye la palabra de
Dios predicada, y está de acuerdo con la evaluación de Dios de que está perdido
y necesita la salvación de Cristo, pero no recibe a Cristo por fe ni le
obedece, se está engañado a sí mismo. Mejor responder a la palabra de Dios como
lo hizo Isaías: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy” (Isa.
6:5). O como Pedro: “¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!” (Lc.
5:8). O como Job: “Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza”
(Job
42:6).
En el v. 25
Santiago da un ejemplo positivo de uno que responde apropiadamente a la palabra
de Dios. Tal persona “mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la
libertad, y permanece en ella”. Primero, notar que la persona “mira
atentamente”. Así llegaron tanto Juan como María al sepulcro vacío de Cristo,
pues ellos “se inclinaron y miraron” dentro del sepulcro (Jn.
20:5, 11). Segundo, notar que aquello a lo que los cristianos miran
atentamente es la “ley perfecta”. Aunque los judíos veían la ley mosaica como
perfecta (Sal.
19:7), Santiago habla de la “ley” como “la palabra” que los cristianos
deben hacer (vv.
22-23)—“la palabra de verdad” que regenera el alma del que confía en Cristo
para su salvación (v.
18). Santiago no se refiere a la Ley del AT en sí; más bien, habla del AT
como Jesús lo interpretó (cf. Mt.
5-7). Referirse a la Ley como “perfecta” en cuanto concede “libertad”, es
decir que el Cristo perfecto, Jesús de Nazaret, cumplió la Ley perfecta e ideal
de Dios, trayendo libertad a los que reciben a Cristo por fe y permanecen en Él
haciendo todo lo que Él mandó (cf. Jn.
15). En resumen, los verdaderos cristianos tienen la Ley de Dios escrita en
sus corazones (Jer.
31:31-34), y tienen el poder regenerador del Espíritu Santo que los
capacita para obedecer la Ley de Dios para la gloria de Dios.
El hacedor
eficaz de la palabra de Dios, en contraste con el oidor olvidadizo, “será
bienaventurado en lo que hace” (v. 25). La bendición aquí parece ser un don
presente y continuo de Dios que culmina en una bendición escatológica definitiva
y futura. En el presente, el creyente es salvo de la pena y del poder
del pecado. Pero en el futuro será salvo de la misma presencia del
pecado.
Alimento
para reflexionar
Hay dos respuestas muy diferentes a la palabra de Dios. Podemos oírla, ser convencidos de pecado, y recibir a Cristo para salvación, o podemos oírla y olvidarla. Puesto que Cristo nos advirtió que nunca olvidáramos Sus obras a favor nuestro, sino que lo recordáramos a Él (2 Pe. 1:12-13; 3:1, 8; cf. Deut. 6:12; 8:2; Mal. 4:4), que nunca olvidemos cómo nos vemos realmente en el espejo, y entonces regocijémonos en Él.