Santiago 2:1-4 ― El pecado del favoritismo
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Santiago 2:1-4 ― 1 Hermanos míos, no
tengáis vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo con una actitud
de favoritismo. 2 Porque si en vuestra congregación entra
un hombre con anillo de oro y vestido de ropa lujosa, y también entra un pobre
con ropa sucia, 3 y dais atención especial al que lleva
la ropa lujosa, y decís: Tú siéntate aquí, en un buen lugar; y al pobre decís:
Tú estate allí de pie, o siéntate junto a mi estrado; 4 ¿no
habéis hecho distinciones entre vosotros mismos, y habéis venido a ser jueces
con malos pensamientos?
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COMENTARIOS:
Habiendo
desafiado a su audiencia a ser hacedores de la palabra y no solo oidores (1:22),
Santiago aborda lo que parece haber sido un problema en la Iglesia primitiva:
favoritismo hacia los ricos mientras se menospreciaba a los pobres. En el AT,
Dios instruyó a Israel a actuar en su nombre defendiendo la causa del huérfano
y de la viuda (Deut.
10:17-18), y a no pervertir la justicia ni mostrar parcialidad hacia el
pobre ni favoritismo hacia el rico (Lev.
19:15). Jesús mismo enseñó que el prójimo de uno es aquel que está en
necesidad (Lc.
10:30-37). Tristemente, aunque muchos en la Iglesia primitiva afirmaban ser
seguidores de Cristo, algunos estaban engañados por su propia hipocresía (1:22-24),
mostrando favoritismo hacia los ricos y menospreciando a los pobres. Tales
personas serían juzgadas sin misericordia (2:13).
Debido a que
Santiago veía a Jesús como “glorioso” (gr. doxa), se indignaba ante quienes
actuaban de manera contraria a Cristo. En el AT, la gloria estaba asociada con
la presencia de Dios (1
Sam. 4:22), porque Él es el “Dios de gloria” (Sal.
29:3), “el Rey de la gloria” (Sal.
24:7-10). Este Dios glorioso tomó carne, y Juan lo vio (Jn.
1:14). Pablo por tanto llamó a Jesús el "Señor de gloria” (1
Cor. 2:8). Pedro también, quien presenció la transfiguración de Jesús,
dijo: “Pues cuando Él recibió honor y gloria de Dios Padre, la majestuosa
Gloria le hizo esta declaración: Este es mi Hijo amado en quien me he
complacido” (2
Pe. 1:17; cf. Rom. 9:4; Heb. 1:3). Santiago, por ende, llama a Jesús
“glorioso”, viéndolo como la manifestación de la presencia de Dios entre la
humanidad. Ahora bien, aunque todos los seguidores de Cristo, la Iglesia,
heredarán esta gloria en la eternidad (cf. Rom.
5:2; 8:18, 30; 2 Cor. 4:17), en el presente no somos menos responsables de
reflejar tal gloria. Sin embargo, la Iglesia actúa de manera contraria a la
gloria de Cristo al mostrar favoritismo—definido aquí como “hacer distinciones
externas e injustas entre las personas al tratar a una persona o grupo mejor
que a otro”.
Cuando Santiago
habla de “favoritismo” (gr. prosōpolēmpsia), literalmente “recibir el rostro”,
se refiere a pensamientos acerca de las personas basados en su apariencia
externa. Douglas Moo dice: “La palabra aparentemente fue inventada por
escritores del NT (cf. Rom.
2:11; Ef. 6:9; Col. 3:25) como una traducción literal de una palabra hebrea
para denotar parcialidad”. El lugar específico donde ocurría este pecado era en
“vuestra congregación”, literalmente sinagoga—el lugar judío de comunión
fuera del templo de Jerusalén. Pero puesto que Santiago califica este lugar
como “vuestra congregación”, y puesto que la palabra misma simplemente
significa “reunión/juntarse”, él ciertamente se está refiriendo al lugar donde
los cristianos judíos del primer siglo se reunían para comunión, adoración, y
enseñanza (cf. Hch.
2:42), es decir, su iglesia.
Claramente, las
reuniones de la Iglesia primitiva atraían a personas de todos los ámbitos de la
vida. Pero, contrario al ejemplo de Cristo, los que llevaban anillos de oro y
ropa fina (cf. Hch.
10:30; Ap. 15:6) eran favorecidos y recibían atención especial por encima
de los pobres que llevaban ropa andrajosa. Mientras los ricos eran sentados en
los buenos lugares, los pobres eran dejados de pie o sentados en el suelo. Al
oír esto, Santiago reprende a su audiencia, acusándolos de hacer distinciones
malvadas entre personas, menospreciando a uno por debajo de otro. Estos juicios
los llevaron a asumir el papel de jueces perversos con malos pensamientos. En 4:11-12,
Santiago igualmente condena a quienes hablan contra otros cristianos, que toman
para sí los derechos de un juez que solo Dios puede ejercer legítimamente.
Claramente Santiago advierte que Dios no ha llamado a la Iglesia a juzgar la
condición socioeconómica de sus miembros; todos son uno en Cristo (cf. Gál.
3:28).
Alimento para
reflexionar
Aunque Dios no hace acepción de personas, Él ciertamente ha sido conocido por dar atención especial a ciertos individuos—desde Abraham hasta Israel, Daniel, y la virgen María, a quien Dios prestó atención especial debido a su baja condición social y alto carácter moral (Lc. 1:48-50). Santiago, por lo tanto, no está instruyendo a la Iglesia a tratar a todos por igual. Es perfectamente aceptable honrar a aquellos siervos excepcionalmente fieles en la iglesia que son particularmente de ayuda. Mientras nosotros tendemos a juzgar por las apariencias externas, Dios ve el corazón del hombre (1 Sam. 16:7). Por tanto, debemos evitar los juicios externos mientras valoramos profundamente el carácter interno.