Santiago 3:3-5 ― La pequeña y monumental lengua

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor Iglesia Bíblica Harvest)

Santiago 3:3-5 ― 3 Ahora bien, si ponemos el freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dirigimos también todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque son tan grandes e impulsadas por fuertes vientos, son, sin embargo, dirigidas mediante un timón muy pequeño por donde la voluntad del piloto quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!

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El diccionario Webster’s Unabridged traduce “lengua” como esa “estructura muscular móvil que está unida al suelo de la boca”. Aunque todo el contexto de 3:1-12 trata sobre la lengua, la palabra en sí no se menciona hasta el v. 5, como metonimia—una palabra usada para un concepto relacionado (lengua por el hombre). Se dice que la lengua “se jacta” de grandes cosas. Aunque esta palabra a menudo se usa negativamente en el NT en relación con la arrogancia en presencia de Dios (cf. 4:16-17), en este contexto Santiago tiene en mente un sentido más neutral. Después de todo, esta pequeña lengua es de hecho capaz de grandes cosas; por lo tanto, “se jacta de grandes cosas” como se sabe que hacen las cosas pequeñas—desde un freno, hasta un timón, pasando por una chispa.

En el v. 3, Santiago primero compara la lengua con un freno que contiene a un caballo. Por supuesto, un caballo es un animal grande y muy fuerte, pero solo es práctico con un freno en su boca, una pieza de metal apoyada en su lengua unida a las riendas. Sin él, el caballo es controlado solo por su propia mente. Dado que un caballo normalmente no sabe a dónde quiere ir el jinete, el freno se usa para dirigir a este gran animal. Ciertamente, ningún caballo se presenta al trabajo para arar un campo por su cuenta; más bien, el caballo necesita ser guiado y conducido por el freno. El freno en la boca de los caballos se pone allí por el hombre “para que nos obedezcan…” para dirigir “también todo su cuerpo”.

El paralelo con el hombre no es que la lengua controle el cuerpo, sino que el freno controla al caballo. ¿Qué controla a un humano? La influencia controladora del Espíritu Santo. Así como el freno guía el camino del caballo, la lengua determina el destino del hombre, pues verbaliza el fruto—ya sea podrido o bueno—de la vida del hombre. Como dijo Santiago en el v. 2, los cristianos que controlan sus lenguas son capaces de dirigir sus vidas enteras, así como el freno guía a todo el caballo. Aquellos que tienen éxito son “perfectos” (v. 2), o más bien maduros y bajo el control del Espíritu Santo. Sin embargo, sin restricción, la lengua, aunque pequeña en comparación con el resto del cuerpo, determinará el destino eterno del hombre (cf. Mt. 12:36-37), porque expone el corazón del hombre.

En segundo lugar, en el v. 4 la lengua se compara con una nave. Aunque una nave es guiada a través del agua por fuertes vientos o un motor, es el timón relativamente pequeño, que está abajo, el que determina su dirección. Todas las naves, por grandes que sean, son guiadas por este pequeño timón y supervisadas por una persona con un volante.

En tercer lugar, en el v. 5 la lengua se compara con una chispa de fuego, pues la más pequeña de las chispas puede incendiar un bosque entero de árboles, destruir hogares, animales, ecosistemas, y vidas humanas. La lengua, aunque pequeña, puede dañar para siempre a otro ser humano y destruir al igual que un fuego.

Nótese en la segunda mitad del v. 5 “qué gran bosque” y “con tan pequeño fuego”, pues “gran” y “pequeño” provienen del mismo término griego: hēlikos. Dado que la palabra en sí es una expresión de enormidad, ya sea grande o pequeña en cualquier dirección, el contexto determina hacia qué dirección va la traducción. Doug Moo dice: “Al darle significados opuestos marcados por el contexto, Santiago acentúa el contraste entre el pequeño ‘fuego’ inicial y la enorme conflagración resultante”.

Alimento para el pensamiento

Nuestro hablar es otra indicación de nuestro carácter, pues es un reflejo de quienes somos. Si estamos en Cristo, nuestro hablar lo reflejará. Dado que la maledicencia, el hablar obsceno, las quejas, las palabras de odio e hirientes, no son propias de un hijo de Dios, ¿por qué brotan de nuestras bocas? Esforcémonos, pues, por estar bajo el control del Espíritu, controlar nuestras lenguas y luchar por la madurez.