Santiago 4:9-10 ― Humíllate

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor Iglesia Bíblica Harvest)

Santiago 4:9-10 ― 9 Afligíos, lamentad y llorad; que vuestra risa se torne en llanto y vuestro gozo en tristeza. 10 Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará.

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COMENTARIOS:

Santiago 4:9-10, si se saca de contexto, suena francamente mórbido. ¿Quiere Dios que Su pueblo se aflija, lamente, y llore? En cierto sentido, sí. Pero estos imperativos son parte de un contexto mayor donde se llama a los profesos cristianos a arrepentirse a la luz de su culpa por mostrar favoritismo (2:1-7), tener fe sin obras (2:14-26), usar sus lenguas para calumniar (3:1-12), y estar llenos de amarga envidia y ambición egoísta (3:14)—pecados que equivalen al homicidio de corazón (4:2; cf. Mt. 5:21), y adulterio espiritual—apartándose de Dios para hacerse amigos del mundo (4:4).

Santiago 4:7-8 da numerosos imperativos a los culpables para el arrepentimiento: “someteos a Dios” y “resistid al diablo” (v. 7); “acercaos a Dios… limpiad vuestras manos… purificad vuestros corazones” (v. 8). Aquí, en los versículos 9-10, Santiago introduce más imperativos para el arrepentimiento. Primero, “afligíos”. Este término (talaipōreō) conlleva el quebrantamiento por el reconocimiento de estar separados de Dios debido al pecado (cf. Rom. 3:16; 7:24; Stg. 5:1; Ap. 3:17). El término no se trata de sentirse triste por un momento difícil en la vida, y no se trata del ascetismo religioso que algunos han practicado a lo largo de los siglos, negándose ciertos placeres o castigándose por diversos pecados. Aplicar la forma de arrepentimiento de Santiago conlleva asumir los propios pecados y afligirse por ellos.

Acompañando nuestra aflicción por nuestros pecados, debemos “lamentar y llorar” por nuestro adulterio espiritual—nuestra amistad con el mundo. Esto no se trata simplemente de darse cuenta de la profundidad de nuestro pecado; concierne sentir pesar y dolor por tal motivo—de la misma manera que podríamos llorar la muerte de un ser querido. Es por esto que Jesús dijo: “Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados” (Mt. 5:4). ¡Él estaba hablando de pecado! Por supuesto, el llanto sigue naturalmente a la profunda emoción de darse cuenta de que hemos ofendido a nuestro Dios santo. Tal llanto se ilustra en Pedro después de que negó conocer a su amigo y Señor (Mc. 14:72). Pablo escribió: “Pues la clase de tristeza que Dios desea que suframos nos aleja del pecado y trae como resultado salvación. No hay que lamentarse por esa clase de tristeza; pero la tristeza del mundo, a la cual le falta arrepentimiento, resulta en muerte espiritual” (2 Cor. 7:10 – NTV).

Cuando Santiago dice: “Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestro gozo en tristeza” (v. 9), se dirige a una audiencia sumida en el pecado que profesa conocer a Cristo pero que está celebrando en lugar de lamentarse; riendo en lugar de llorar. Es como si estuvieran en un barco que se hunde, y en lugar de temer por sus vidas, están de fiesta y disfrutando como si nada estuviera mal. Para tales personas, Jesús dijo: “¡Ay de vosotros, los que ahora reís!, porque os lamentaréis y lloraréis” (Lc. 6:25); pero “Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (v. 21).

El imperativo final en este contexto está en el v. 10: “Humillaos en la presencia del Señor, y Él os exaltará”. Esto es similar a las palabras de Jesús: “Bienaventurados los pobres en espíritu”—los humildes, “pues de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:3). Pues “Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes” (Stg. 4:6). “Humilde” (gr. tapeinoō) significa “hacer bajo; reducción en rango, carácter, o estatus”. Sin embargo, humillarse no se trata de rebajarnos; más bien, significa vernos como Dios nos ve—de la manera como podríamos ver a un pájaro desafortunado que ha caído de su nido en peligro de ser comido por un animal carroñero. Humillarse no es solo darse cuenta de nuestra gran necesidad de Dios, es entender cuán indignos somos de recibir Su amor, misericordia, y gracia—todo debido a nuestro estado pecaminoso que nos separa de Dios. ¡Humíllate!

Las personas verdaderamente humildes claman a Dios como lo hizo el profeta Isaías: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy. Pues soy hombre de labios inmundos y habito en medio de un pueblo de labios inmundos…” (Isa. 6:5). Como Jesús articuló claramente: “Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzad” (Mt. 23:12). La exaltación por parte de Dios es, por lo tanto, el resultado de que nosotros nos humillemos—de que nos arrepintamos de nuestro adulterio espiritual. La “mayor gracia” de Dios sigue (Stg. 4:6).

 Alimento para la reflexión

Francis Fuller escribió: “Arrepentirse es acusarnos y condenarnos a nosotros mismos; imputarnos el merecimiento del infierno; tomar parte con Dios contra nosotros mismos, y justificarlo en todo lo que Él hace contra nosotros; tener vergüenza y estar abrumados por nuestros pecados; tenerlos siempre ante nuestros ojos, y en todo momento sobre nuestros corazones, para que podamos estar en pesar diario por ellos; desprendernos de nuestras manos derechas y ojos, es decir, de aquellos pecados placenteros que han sido tan queridos para nosotros como nuestras vidas, de modo que nunca tengamos que volver a tratarlos, y aborrecerlos, de modo que los destruyamos como cosas a las que por naturaleza estamos totalmente inclinados. Porque naturalmente nos amamos y pensamos bien de nosotros mismos, ocultamos nuestras deformidades, disminuimos y excusamos nuestras faltas, nos complacemos en las cosas que nos agradan, estamos locos por nuestras concupiscencias y las seguimos, aunque sea para nuestra propia destrucción”.