Santiago 4:11-12 ― El juzgar incorrectamente por parte de cristianos
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Santiago 4:11-12 ― 11 Hermanos, no
habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de un hermano o juzga a su
hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley,
no eres cumplidor de la ley, sino juez de ella. 12 Solo hay
un dador de la ley y juez, que es poderoso para salvar y para destruir; pero
tú, ¿quién eres que juzgas a tu prójimo?
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COMENTARIOS:
Debido a que muchos en la audiencia de Santiago
estaban en conflicto entre sí, llenos de celos y ambición egoísta (Stg.
3:14, 16; 4:1-2), usando sus lenguas para
degradarse unos a otros (3:5-12), habiéndose hecho amigos
del mundo y exaltándose a sí mismos (4:4-6), Santiago los reprende,
mandándoles a no “hablar mal” (gr. katalaleō) los unos de los otros (v.
11). Este término denota calumnia o insulto—desde cuestionar la autoridad de
los líderes (Núm. 21:5) hasta menospreciar
secretamente a otro (Sal. 101:5), o acusar falsamente e
incluso hacer insinuaciones contra cristianos (1 Pe. 2:12; 3:16). En resumen, la calumnia
implica ponerse por encima de otro como un juez envidioso. Dios se opone
fervientemente a esto.
Lo que Santiago añade en el v. 11 es que hablar contra
un hermano creyente es lo mismo que hablar contra Dios y Su Ley. Después de
todo, la Ley de Dios nos manda a amar tanto a Dios como al prójimo. En la Ley
del AT, Dios dijo: “No andarás de calumniador entre tu pueblo; no harás nada
contra la vida de tu prójimo; yo soy el Señor”
(Lev. 19:16). Así que la “ley” de la
que habla Santiago es la Ley Mosaica del AT—la “ley real” de la que habló en 2:8,
exhortando a los cristianos a amar a sus prójimos como se aman a sí mismos (cf.
Lev. 19:18).
Jesús mismo dijo que la mayor Ley era amar a Dios con
todo el corazón, alma, y mente de uno (Mt. 22:37). Luego añadió la salvedad
de que también debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (22:39). Estos dos mandamientos
de Jesús resumen los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés en Éxodo 20:1-17. Los primeros cuatro se
refieren a nuestro amor vertical hacia Dios (ningún otro dios aparte de Dios, ninguna
imagen tallada, no tomar el nombre de Dios en vano, y santificar el día de
reposo). Los seis siguientes se refieren a nuestro amor horizontal unos a otros
(honrar a tu padre y madre, no matar, no cometer adulterio, no robar, no mentir,
y no codiciar los bienes ajenos). Si amamos a Dios, guardamos los primeros
cuatro; si amamos al prójimo, guardamos los siguientes seis. Claramente, “amor”
es el término clave para todos los mandamientos de Dios. No guardar/cumplir los
mandamientos de Dios es, por tanto, calumniar—a Dios, Su Ley, y a las personas
que Dios hizo a Su imagen.
Por supuesto, toda ley exige un dador de ley, y puesto
que existen leyes inmutables de la naturaleza, la lógica, las matemáticas, el
amor, la estética, y la moralidad, debe haber un dador de ley supremo: Dios.
Como Dador de Ley y Juez (v. 12), Dios revela la magnitud del pecado de quien
le calumnia al calumniar a otra persona. Tal calumnia es en realidad una
violación del derecho único de Dios a juzgar a los Suyos, pues solo Él es “Juez”.
Jesús dijo: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el
alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el
cuerpo en el infierno” (Mt. 10:28). Así que, si Dios es
Juez, Santiago pregunta: “pero tú, ¿quién eres que juzgas a tu prójimo?”. Esto
es similar a lo que dice Pablo: “Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que
le contestas a Dios?” (Rom. 9:20). Dios es el Juez justo,
¿qué derecho tiene el hombre de usurpar el papel de Dios como Juez?
Absolutamente ninguno.
Alimento para reflexionar
Es el juzgar hipócritamente lo que Dios odia, no todo
acto de juzgar, pues Dios ha ordenado a los cristianos a reprender el pecado y
juzgar a los pecadores que se niegan a arrepentirse. Jesús abordó la necesidad
de confrontar el pecado para restaurar o excluir a un pecador (Mt. 18:15-20), y Pablo habló de
entregar a los pecadores desafiantes a Satanás para la destrucción de su carne,
a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor (1 Cor. 5:5; cf. Gál. 6:1). Santiago, por tanto, tenía
todo el derecho a juzgar el pecado de su iglesia al reprender sus abusos y
calumnias unos a otros y contra Dios. Él no fue culpable de calumniar en esto;
más bien, estaba fomentando un comportamiento piadoso al reprender la conducta
impía de ellos.