Santiago 4:11 ― El juzgar apropiado por parte de cristianos

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)

Santiago 4:11 ― 11 Hermanos, no habléis mal los unos de los otros...

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COMENTARIOS:

Si se malinterpretan, las palabras de Santiago contradecirán a otros maestros del NT, incluyendo a Jesús mismo. Contextualmente, Santiago enseña en contra de hermanos cristianos que hablan mal unos de otros y se calumnian basándose en sus celos y ambiciones egoístas. Pero concluir que Santiago estaba en contra de todas las formas de juzgar sería negar las mismas palabras que él usa para juzgar los juicios pecaminosos de su audiencia. Por supuesto, las palabras de juicio de Santiago son consistentes con Jesús y Sus apóstoles.

Al igual que Santiago, Jesús reprendió el pecado en Israel, enseñando a sus seguidores a confrontar el pecado y lidiar con él. Él dijo: “Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia; y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos. En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Además os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:15-20; cf. Deut. 19:15).

Al igual que Santiago y Jesús, Pablo reprendió a los cristianos por su comportamiento inmoral. Entre los muchos pecados por los que reprendió a la iglesia de Corinto, también habló en contra de la inmoralidad sexual (1 Cor. 5-6), ya que los pecados sexuales violan la Ley de Dios (cf. Lev. 18:6-8; 20:11). De hecho, Pablo estaba horrorizado de que las partes culpables en Corinto no fueran juzgadas por cristianos a la luz de la Ley de Dios. Los corintios no solo no lamentaron los pecados en medio de ellos, sino que estaban actuando con arrogancia. Es por esto que Pablo los amonestó a actuar en el nombre del Señor Jesús (1 Cor. 5:4)—haciendo como Jesús había instruido, y juzgar al pecador. Es por esto que Pablo entregó al hombre culpable “a Satanás” (5:5).

Así como Santiago enseñó en contra de calumniar a los hermanos creyentes en 4:11, Pablo dijo: “os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador; con ese, ni siquiera comáis. Pues ¿por qué he de juzgar yo a los de afuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro de la iglesia? Pero Dios juzga a los que están fuera. Expulsad de entre vosotros al malvado” (1 Cor. 5:11-13).

No podemos dejar de notar todas las prácticas inmorales que Pablo menciona—maneras pecaminosas que deben ser confrontadas y finalmente juzgadas por los miembros de la iglesia. Después de todo, Cristo ha establecido Su Iglesia en la tierra y ha dado autoridad a aquellos que guardan la Ley de Dios, que son las palabras de Cristo. Porque cuando el pueblo de Dios actúa de acuerdo con las palabras de Dios, Dios está en medio de ellos (Mt. 18:20), juzgando a aquellos que lo desafían descaradamente. Él hace esto a través de cristianos en la iglesia.

Notablemente, Pablo no estaba diciendo que los cristianos tenían que ser perfectos para asociarse unos con otros. Su punto era que aquellos que persisten en las mismas actividades de las cuales han sido liberados después de su conversión deben ser apartados. El apartarlos debía hacerse en amor con el objetivo de traerlos de vuelta a la comunión. La persistencia en el pecado es lo que nos separa de la comunidad de creyentes que podrían estar apartándonos por nuestro pecado. En esencia, es la propia elección del pecador ser apartado. Pero es vital notar que el mandato de los apóstoles de apartar a estos pecadores probablemente involucra solo la congregación reunida para adoración colectiva, no el contacto individual (cf. 2 Tes. 3:14-15).

Alimento para reflexionar

El pecado descarado no debe ser tolerado en nuestras iglesias, ya que impregna como levadura y termina corrompiendo a toda la congregación. En obediencia a Santiago, nunca juzguemos a otros por celos; más bien, que el juzgar provenga de nuestro celo por el santo nombre de Dios para que sea glorificado.