Santiago 4:17 ― ¿Sabes lo que debes hacer? Hazlo
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Santiago 4:17 ― 17 A aquel, pues, que sabe
hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.
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COMENTARIOS:
En el v.
16, Santiago aclara que los cristianos no deben trazar arrogantemente su
propio rumbo para el futuro, pues carecen de poder sobre todas las cosas, y
deben depender de Dios para todas las cosas. Esta verdad la conoce todo
verdadero cristiano, pues nadie viniendo a Cristo para salvación cree tener el
control. El mero reconocimiento de la necesidad de un Salvador implica que uno
está perdido e incapacitado para controlar cosa alguna. Por tanto, siendo que
el reconocimiento de la soberanía de Dios es fundamental para la fe cristiana,
el verdadero creyente «sabe hacer lo bueno». Si «no lo hace, le es pecado». Así
pues, el v. 17 se halla ligado al v.
15, ya que Santiago insta a los creyentes a considerar a Dios en todos sus
planes. No hacerlo es pecado: el pecado de omisión. Tales pecados son
tan atroces como los pecados de comisión, mediante los cuales el hombre
peca de manera desafiante. Ello se ilustra en el tercer siervo de la parábola
de los talentos, cuando éste determinó no invertir su dinero (Mt.
25:14-30), y en las personas que optaron por no socorrer a los necesitados
(Mt.
25:31-46). Aquellos no fueron condenados por lo que hicieron, sino por lo
que dejaron de hacer: el pecado de omisión. El Señor Jesús dijo: «Y aquel
siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme
a su voluntad, recibirá muchos azotes» (Lc.
12:47). En resumen, Santiago expresa algo semejante a: Ahora que se te
ha hecho evidente este asunto, no tienes excusa para no obedecer. Puesto que
sabes lo que se debe hacer, ahora estás obligado a hacerlo.
Algunos que
profesan conocer a Cristo conocen todo acerca de la voluntad de Dios, mas optan
por desobedecerla, y esperan con arrogancia que su desobediencia les sea
perdonada. Pedro aborda este pecado: «Pues hubiera sido mejor para ellos no
haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del
santo mandamiento que les fue dado» (2
Pe. 2:21). Prácticamente ninguna otra acción manifiesta tanto la soberbia
egoísta del hombre como conocer la voluntad de Dios y desobedecerla
deliberadamente. Los creyentes no pueden tomar la voluntad de Dios a la ligera,
pretendiendo que pueden aceptarla o desecharla a su arbitrio. La obediencia es
siempre la única vía para el cristiano. Dios no negocia.
Irónicamente,
hay quienes hoy afirman que seguir a Cristo no solo es imposible, sino
deprimente/miserable. Sin embargo, la ironía estriba en que la única miseria al
escoger no obedecer a Cristo se torna en miseria suprema para ellos al final.
Jesús dijo: «Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se
preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que no
la sabía, e hizo cosas que merecían castigo, será azotado poco. A todo el que
se le haya dado mucho, mucho se demandará de él; y al que mucho le han
confiado, más le exigirán» (Lc.
12:47-48). Si bien los creyentes pueden ciertamente desobedecer
abiertamente a Cristo, los verdaderos creyentes que lo hagan serán
disciplinados por Dios hasta que se arrepientan y se sometan a Su voluntad.
Porque el Señor al que ama, disciplina (Heb.
12:5-11). Aquellos que pecan libremente, que dicen amar a Dios pero no
reciben la disciplina de Dios, se manifiestan no como hijos de Dios, sino como
hijos del diablo. Porque solo hay dos clases de personas: los hijos de Dios y
los hijos del diablo (1
Jn. 3:10).
Alimento
para reflexionar
Nuestra inclinación nos lleva a orar por perdón por las cosas que hacemos mal, mientras omitimos buscar el perdón por lo que nunca hacemos. Por esta causa, haríamos bien en reflexionar sobre las múltiples maneras en que le fallamos a Dios al no hacer aquello que sabemos que debemos hacer. Desde exhortar al afligido, a prestar socorro a quien tiene dificultades económicas, a advertir una necesidad en el ministerio de cuidado de niños de la iglesia y ofrecerse para ayudar, existen numerosos modos en que podemos atender las obras que se hallan ante nosotros. No perderemos la salvación por permanecer en nuestro estado actual, mas ciertamente podemos perder las recompensas celestiales que aguardan a nuestra conducta fiel (1 Cor. 9:24-27). Con todo, el menosprecio evidente hacia la voluntad de Dios desenmascara a los falsos cristianos por lo que realmente son. Podrá no parecer algo grave en el presente, pero cuando debamos rendir cuentas de ello, resultará humillante (Col. 3:25).