Gálatas 6:1-2 ― Llevando las cargas de nuestros hermanos
Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)
Gálatas 6:1-2 ― 1 Hermanos, aun si alguno
es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en
un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas
tentado. 2 Llevad los unos las cargas de los otros, y
cumplid así la ley de Cristo.
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COMENTARIOS:
En 6:1 Pablo imagina una situación en la que un cristiano es
«sorprendido en alguna falta». Ser «sorprendido» es ser «alcanzado» por algo, y
en este caso el algo es «alguna falta», es decir, cualquier pecado continuo.
Dado que el verbo para «sorprendido» está en voz pasiva, Pablo imagina a
alguien que, como resultado de no andar por el Espíritu (5:16,
25),
ha sido objeto de la acción de su rebeldía. No se debe imaginar a alguien que
fue sorprendido en el sentido de que fue descubierto; en cambio, Pablo tiene en
mente a alguien que ha caído en la tentación y está sufriendo como resultado de
su pecado. Está «sorprendido» como un animal en una trampa, alcanzado por el
pecado e incapaz de liberarse de él.
¿Cuál es exactamente la responsabilidad de un cristiano que anda por el
Espíritu y ve a un hermano o hermana alcanzado por el pecado y atrapado en su
trampa? ¿Debería mirar hacia otro lado? ¿Debería llamar al pastor de la iglesia
y hacer que él se ocupe de ello? ¿Debería consultar con personas sabias y
hablar sobre el creyente que peca? ¡Ninguna de las anteriores! Pablo da el
curso de acción adecuado, revela de quién es la responsabilidad, y da a conocer
cómo debe hacerse en Gálatas
6:1-2.
Primero, Pablo revela que es la responsabilidad de ustedes que son «espirituales»
(gr. pneumatikos), es decir, el que anda en el Espíritu (cf. 5:16,
25).
Esto implica a cualquier cristiano que esté viviendo realmente su fe. No
significa que sea perfecto o que tenga formación seminaria. Segundo, deben
«restaurar» al cristiano atrapado en el pecado. El verbo para «restaurar»
(katartizō) se usa fuera de las Escrituras como un término médico para acomodar
un hueso roto. De modo que, al restaurar a un creyente que peca, el creyente
maduro debe enderezar al que ha sido alcanzado por el pecado, dándole alivio.
El pecado no puede descuidarse, y no debe ser, en esta etapa, reprendido
públicamente. Tercero, la restauración del pecador debe hacerse «en un espíritu
de mansedumbre», siendo la mansedumbre un fruto del Espíritu (5:23).
El pecador no es despreciado ni menospreciado, sino ayudado con amor.
Finalmente, el creyente maduro que busca ayudar debe mirarse a sí mismo, porque
mientras ayuda a uno atrapado en el pecado, él también podría ser tentado en su
propia debilidad. Porque no importa cuán espiritual sea uno, nadie es inmune a
las tentaciones del pecado.
Velar por los hijos de Dios no es solo responsabilidad del pastor y de
los ancianos y diáconos de la iglesia; es responsabilidad de todo el pueblo
redimido de Dios. Debemos cuidarnos unos a otros y «llevar los unos las cargas
de los otros» (6:2).
«Llevar» es «levantar; cargar». Pablo usa aquí el verbo imperativo presente, lo
que significa que es un mandato a llevar siempre las cargas los unos de los
otros. Al hacerlo, uno cumplirá así «la ley de Cristo». Por supuesto, la
«ley de Cristo» concierne a amor por Dios y amor por todas las personas,
especialmente cristianos (Jn.
13:34; 15:12;
cf. 1
Jn. 3:23).
Ciertamente, las Escrituras enseñan a los creyentes a echar su carga
sobre el Señor para que Él los sostenga (Sal.
55:22; 1
Pe. 5:7). Porque Jesús llamó a las personas cargadas a ir a Él para descanso
(Mt.
11:28). Después de todo, Jesús llevó los pecados de todos los creyentes en
la cruz. Pero las otras cargas que llevan los cristianos—tentaciones de pecar,
preocupaciones, dudas, dolores—requieren de personas espirituales para un
verdadero consuelo. Dios claramente obra a través de Su pueblo para amarlos y
cuidarlos, una verdad que el Apóstol Pablo atestiguó a través de su amistad con
Tito y otros (cf. 2
Cor. 7:5-6).
Alimento para reflexionar
Si anduviéramos por el Espíritu nos amaríamos más los unos a los otros, y si nos amáramos más los unos a los otros llevaríamos las cargas los unos de los otros, y si lleváramos las cargas los unos de los otros no nos retraeríamos de buscar restaurar a un hermano que ha caído en pecado… Si obedeciéramos esta instrucción apostólica como debiéramos, se evitarían gran parte de los chismes malintencionados, se prevendría una reincidencia más grave, se promovería el bien de la Iglesia, y el nombre de Cristo sería glorificado —John Stott.