Hebreos 10:26-27 ― El destino del apóstata

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)

Hebreos 10:26-27 26 Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados. 27 sino cierta horrenda expectación de juicio, y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios.

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COMENTARIOS:

El llamado del autor a su audiencia cristiana en los vv. 22-25 trata sobre tres aplicaciones vitales para los cristianos a la luz de quién es Jesucristo como nuestro gran Sumo Sacerdote: 1) acercarse audazmente a Dios a diario con un corazón sincero lleno de fe y confianza; 2) aferrarnos firmemente a la profesión de fe que defendemos en Cristo, sabiendo que Dios siempre mantiene Sus promesas; 3) y reunirse regularmente en adoración colectiva a Cristo mientras buscando maneras de animar a otros creyentes al amor y a las buenas obras. Estas son las tres aplicaciones vitales que siguen a la fe genuina de una persona en Cristo.

Ahora, en el v. 26, en lugar de escribir sobre todas las bendiciones que podrían obtener los cristianos que pudieran aplicar su consejo divino, el autor de Hebreos se dirige a quienes no lo hagan. Por supuesto, es un hecho que los verdaderos creyentes en Cristo—los cristianos genuinos—pondrán su fe en acción (cf. Stg. 2:14-26), pero tristemente siempre ha habido quienes afirman conocer y amar a Cristo y que, o bien aplican su fe ocasionalmente, o dejan de hacerlo por completo, apartándose voluntariamente de su fe en Cristo. Son estos quienes están a la vista en los vv. 26-31.

En el v. 26, el autor utiliza implícitamente el pronombre en primera persona plural "nosotros" en este pasaje de advertencia en particular, el cuarto en su epístola (cf. 2:1-4; 3:6-4:13; 5:11-6:8). Al fin y al cabo, el propósito del autor desde el principio de su carta es exaltar a Jesucristo como superior a todas las cosas y personas, advirtiendo a los judíos recién convertidos al cristianismo sobre los peligros de volver al judaísmo. Entonces, al usar "nosotros" implícitamente, ¿acaso el autor se coloca a sí mismo en la categoría de aquellos que podrían apartarse de la verdadera fe en Cristo? Quizá, pero lo más probable es que el autor fuera judío. Y como le estaba escribiendo a conversos judíos, escribía desde su punto de vista, diciendo: "nosotros". Además, lo más probable es que estaba dispuesto a situarse en la misma categoría que las personas a las que se dirigía en su epístola, negándose a creer que estaba por encima de quienes se estaban tambaleando al borde de la apostasía—de apartarse de su fe.

Cabe destacar que el autor ya ha señalado de manera convincente que la muerte única de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29), es superior al Día de la Expiación anual en Yom Kipur (Heb. 9), pues Cristo no solo perdona los pecados ignorantes, sino que limpia la conciencia culpable de quienes han pecado voluntariamente. Sin embargo, en el v. 26 hay un contraste vital entre el pecado deliberado y continuo de un cristiano profeso, y los pecados voluntarios del pasado. Para un cristiano profeso que continua "pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados". En otras palabras, si un cristiano profeso decide no poner en práctica la aplicación en 10:22-25 y sigue pecando "deliberadamente", o voluntariamente, ¡la sangre de Jesucristo ya no retiene su poder para perdonar sus pecados! El término "deliberadamente" (gr. hekousiōs) solo se usa dos veces en el NT (cf. 1 Ped. 5:2), y significa exactamente lo que implica: acción deliberada y voluntaria. Se podría concluir que un verdadero cristiano nunca rechazaría deliberadamente las obras fructíferas de ser cristiano. Contrariamente, un falso converso peca deliberadamente y sin conciencia al hacerlo.

En el v. 27, el autor da la sentencia para la persona que peca deliberadamente—ya sea que simplemente afirme ser cristiana, o si rechaza a Cristo de plano: "cierta horrenda expectación de juicio, y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios". Citando a Isaías 26:11, el autor simplemente afirma lo que enseñaban los profetas del Antiguo Testamento, es decir, que hay consecuencias severas y eternas para quienes rechazan a Dios, pero más aún para quienes han recibido el conocimiento de la verdad (v. 26) y luego lo rechazan. El autor, por supuesto, se refiere al infierno, un "horrendo" (gr. phoberos) lugar de "juicio" que contiene "la furia de un fuego"—el lago eterno de fuego (Ap. 19:20; 20:10, 14-15). Está claro que no importa que una persona alguna vez afirmó conocer y amar a Cristo. Porque si uno abandona su fe, su destino en fuego eterno es el mismo para todos los que nunca creen, solo que más caliente.