Hebreos 11:20 ― La fe de Isaac

Autor: Dr. D. Lance Waldie (Pastor ― Iglesia Bíblica Harvest)

Hebreos 11:20 ― 20 Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú, aun respecto a cosas futuras.

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El día en que Abraham llevó a su hijo Isaac al monte para matarlo, por mandato de Dios (Gén. 22:1-2), Isaac se enteró de la promesa de Dios de bendecirle a él y a su descendencia (cf. Gén. 12:1-3). Isaac representaba a la humanidad en ese altar de sacrificio—el hombre merecedor de morir por sus pecados. Así que cuando el gran hombre de fe, su padre Abraham, demostró su fe, Dios proveyó un sustituto a Isaac y le perdonó la vida—un carnero en lugar del muchacho. ¡Esa es la imagen de Jesucristo muriendo por la humanidad! Isaac lo vivió de primera mano. Sabía que su vida había terminado, y probablemente tenía los mismos miedos que cualquier otra persona. Luego Dios le libró de morir, y ese día Isaac conoció al Dios del cielo de primera mano. Hasta ese momento, Abraham probablemente le había contado a Isaac todo sobre la promesa de la tierra, la descendencia, y la bendición (Gén. 12:1-3, 7). Pero ese día Isaac lo vivió, lo vio, y lo creyó. Quizá ese día la propia fe de Isaac se consolidó.

Ahora, uno podría esperar que Isaac hubiera vivido una vida llena de fe, pero curiosamente no fue así, al menos no según el breve relato de su vida dado en Génesis 25:19-27:46. Aunque Isaac vivió más que cualquiera de los patriarcas, la historia de su vida en la Biblia es más corta que la de Abraham, Jacob, José, o Moisés. Dios ciertamente transmitió las promesas a Isaac (Gén. 26:3-4), y aunque estas promesas deberían haberle dado seguridad y esperanza, Isaac parece haber vivido con temor la mayor parte de su vida. Cuando los filisteos de Gerar (cerca de Gaza) le preguntaron acerca de su esposa Rebeca, al igual que su padre, mintió diciendo que era su hermana—temiendo que le mataran si fuera su esposa para poseerla (Gén. 26). Curiosamente, cuando Abimelec supo quién era realmente Rebeca, ¡él mostró más temor de Dios que Isaac jamás lo tuvo!

Incluso después de que Isaac se enriqueciera viviendo en Gerar, parece que pasó su vida cuestionando a Dios hasta ese momento y quejándose de su situación. Cuando finalmente las cosas salieron como él quería, dijo: "Al fin el Señor ha hecho lugar para nosotros, y prosperaremos en la tierra" (Gén. 26:22). En verdad, empezó a multiplicarse. Cuando finalmente regresó a la tierra, llegó a Beerseba, en el sur, y entonces Dios le repitió las promesas del pacto (Gén. 26:24-25).

La vida de Isaac parece infiel a veces, pero otras veces él fue verdaderamente fiel. Su esposa era inicialmente estéril, pero más tarde dio a luz a mellizos: Jacob y Esaú. Esaú era el hijo favorito de Isaac, aunque Dios había dejado claro que sería Jacob quien sería bendecido por Dios. Rebeca sintió la necesidad de intervenir mediante engaños para que Jacob recibiera la bendición de Isaac. A pesar de ello, Dios obró a través de ello, haciendo realidad Su voluntad. Pero toda la historia da a Isaac una mala imagen.

El punto clave de la vida de Isaac, no obstante, es su fe. El autor de Hebreos, sin justificar las carencias/defectos de Isaac, señala la fe que tuvo al bendecir a sus hijos mientras miraba hacia el futuro. Una cosa es segura: Isaac creía en las bendiciones de pacto de Dios. Esto se revela en la bendición de Isaac a Jacob, aunque él pensara que estaba bendiciendo a Esaú (Gén. 27:27-29). Isaac le creía a Dios, y miraba hacia el futuro al cumplimiento de parte de Dios de lo que Él prometió. El texto griego de Hebreos 11:20 dice literalmente: "Por la fe, incluso en lo que concierne a lo por venir, Isaac bendijo a Jacob y a Esaú”. Al bendecirlos, Isaac literalmente "habló bien de ellos; los elogió”.

Algo para reflexionar

La bendición dada por un hombre, en este caso Isaac, con el consentimiento de Dios, fue un acto de fe porque se refería a un tiempo más allá de sus vidas. Cuando una persona mira más allá de su propia vida, en el aquí y ahora, y hacia el futuro, actúa por fe. Para nosotros, enseñarles a nuestros hijos sobre Cristo, y dejarles una herencia, tanto espiritual como económica, es un acto de fe, pues planea su futuro inmediato y eterno. Por tanto, tenemos una fe fuerte cuando sabemos que somos salvos—cuando tenemos la "certeza de lo que se espera"—una certeza del plan eterno de Dios.